¡Ánimo!

¡Ánimo!

¿Cómo devolverles a las Fuerzas Militares la mentalidad de Estado que les arrebataron?

16 de enero 2020 , 07:00 p.m.

No puedo llamar ‘Confianza’ o ‘Desconfianza’ esta columna sobre el drama de este gobierno, que acaba de cumplir diecisiete meses más que suficientes, pues las dos palabras ya me sirvieron como títulos alguna vez. He resuelto usar la interjección ‘¡Ánimo!’ porque siempre me ha parecido que no se le puede decir nada más triste e impotente a alguien que –en Antioquia, en Cauca, en Chocó, en Norte de Santander o en Putumayo, por ejemplo– tiene enfrente el año bisiesto que comienza como si se tratara de un calvario. Tiene sentido titular esto así, ‘¡Animo!’, en un país en el que han sido asesinados 17 líderes sociales en los primeros 17 días del año, pero no parece sensato confiarle la solución a este Estado que cuando no llega demasiado tarde finge que ha llegado demasiado tarde.

Si algo ha sido lamentable de este gobierno que ya ha destapado sus cartas, ha sido su inagotable incapacidad para conjurar la peligrosa crisis de nuestras Fuerzas Armadas –azuzadas por partidarios, por negacionistas y por altos funcionarios– en estos meses de darle un nuevo e incierto rumbo a una institución que a pesar de todo venía sintonizándose con las realidades de los acuerdos de paz, en estos meses de lanzar la interpretable orden de que se acabe ‘la guachafita’, de celebrar a los troperos con arengas altisonantes de tiempos peores, de anunciar investigaciones contra “manzanas podridas” ante la crónica de Semana sobre las interceptaciones ilegales y la denuncia del general Martínez de la corrupción en las entrañas del Ejército y la posibilidad de que en ciertas regiones se estén reviviendo las ejecuciones extrajudiciales.

Si algo ha sido lamentable de este gobierno que ya ha destapado sus cartas, ha sido su inagotable incapacidad para conjurar la peligrosa crisis de nuestras Fuerzas Armadas

Se me ocurrieron aquellas dos palabras como una bifurcación, ‘Confianza’ o ‘Desconfianza’, antes de sentarme a escribir esta columna, pues es lo que está en juego en este momento: ¿cómo confiar en este Estado suspicaz que a duras penas lleva las cuentas del desangre de los líderes sociales –como si no estuviera hablando de nuestra propia tierra y se hubiera resignado a ser testigo de una guerra sin fin entre sus enemigos y los enemigos de sus enemigos– mientras pasa la voz de que los ejércitos de la droga y el Eln y las disidencias se están disputando los corredores del narcotráfico que las viejas Farc dejaron libres?, ¿cómo devolverles a las Fuerzas Militares la mentalidad de Estado que les arrebataron los inescrupulosos, los cizañeros, los publicadores de coordenadas?

Rodrigo Londoño, el mismo Timochenko que pasó de ser el comandante de la guerrilla a ser el jefe del partido político Farc, declaró al diario La Crónica del Quindío que no estaría con vida si no hubiera sido porque tanto la Policía como el Ejército Nacional “estuvieron siempre pendientes de mi vida y frustraron el asesinato que se iba a realizar en mi contra”. Reconoció lo doloroso que era que “señores que estuvieron con uno” como ‘Márquez’ o el ‘Paisa’ –y que, dicho sea de paso, firmaron la paz luego de años de negociaciones– le hayan mandado a dos “muchachos que venían convencidos de que iban a matar a un traidor...”. Y su reacción probó que en el plebiscito del pasado bisiesto todos teníamos la razón: los que creíamos en el acuerdo con la guerrilla, los que dudaban de la voluntad de sus narcos y los hastiados de Colombia.

En algún momento pensé en llamar este texto ‘Crisis’ porque la crónica de Semana es también una oportunidad para que los agentes de la ley lo sean en efecto. Pero después de la declaración de aquel Timochenko vuelto Londoño la interjección ‘¡Ánimo!’ me sonó menos inútil que siempre para estas generaciones nuevas a punto de ganarse a puro pulso que sus Fuerzas Militares recobren la unidad y la apoliticidad hasta no ser más un desamparo, sino un refugio.

www.ricardosilvaromero.com

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