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Ese es, a hoy, el legado de Uribe: su voz negacionista.

19 de agosto 2021 , 08:00 p. m.

Cada quien se engaña a su manera, pero ciertos líderes se mienten, como el viejo expresidente Uribe, a costa de la salud mental de sus países. 

Su encuentro del lunes con la Comisión de la Verdad, un órgano sensorial de este Estado en guerra, es un documento sobre un hombre que durante demasiados años encarnó a la Colombia que prefiere la pacificación a la paz: por supuesto, cambió a última hora las reglas del juego de la conversación como cambió la Constitución para cometer el castrochavismo de quedarse en el poder, transmitió en vivo y en directo una especie de consejo comunal desde uno de los patios de una de sus fincas y repitió hasta el agotamiento que cree ilegítima a la Comisión, pero, en el pico de su impopularidad, recibió a los comisionados porque le preocupa que su legado sea reducido a falso positivo.

Uribe es, sin lugar a dudas, un trágico caso de estudio. Si recibió a la Comisión, con los mismos dientes apretados con los que se resignó en febrero de 2010 a que la Corte Constitucional fallara en contra del referendo autoritario que pretendía su segunda reelección, es porque –ya que por poco se salvó de serlo– no quiere ser visto ni recordado como otro tirano tropical que fingió una democracia. Suelen sacudirle el pasado, enrostrarle cabos sueltos desde su paso por la Aeronáutica Civil hasta su gestión en la Gobernación de Antioquia, para vencerlo en los debates e interrumpirle los monólogos, pero basta mostrar sus salidas en falso de estos años para poner en claro su enorme contribución tanto a nuestra violencia como a su justificación: “No estarían recogiendo café”, declaró luego del brutal asesinato de los jóvenes de Soacha.

En honor a la verdad, el expresidente se declaró arrepentido, ante los admirables comisionados, por haberles puesto semejante lápida a aquellos inocentes, pero no solo les echó la culpa a los soldados que le hicieron ver terroristas donde apenas había muchachos, sino que malgastó la oportunidad –porque no quiere o no puede asumirla– para repetir que las ejecuciones extrajudiciales no tienen lugar en una república buena. Se dedicó a defenderse. Si acaso gritó “¡Tomás!” o “¡Jerónimo!” cuando, en un arrebato digno de quienes desconocen los dramas ajenos y crecen pensando que activismo significa terrorismo, sus omnipresentes hijos le faltaron al respeto a la comisionada González –lean, por Dios, su enorme hoja de vida– sacándole fuera de contexto un par de viejos trinos en los que ella celebra que las Farc se sometan al Estado de derecho.

Uribe pasó de ser el presidente que controlaba “las narrativas” –cuando aún era posible– a ser el expresidente que insiste en sus posverdades.

Es que ese es, a hoy, el legado de Uribe: su voz negacionista. Su llamado a una democracia que no lo moleste, su vocación a legitimar la violencia contra sus rivales, su facilidad para lanzarle epítetos como condenas a todo aquel que lo cuestione o para pronunciar arengas que en un país en guerra pueden tomarse como licencias para el horror, que hicieron escuela y dieron refugio a cierta derecha desbocada que hoy en día ya no lo necesita tanto para reencarnarse. Los tres comisionados lo escucharon porque ese es su oficio, y porque desconocer su importancia sería jugarle el juego a esta barbarie sin fin, y fue bueno y fue valioso, pues quedó claro que en estos diez años de redes sociales Uribe pasó de ser el presidente que controlaba “las narrativas” –cuando aún era posible– a ser el expresidente que insiste en sus posverdades.

Y que, en su visible desconcierto, termina proponiendo “amnistías generales” después de años de hacer política a punta de señalar impunidades.

Porque ni siquiera de viejo ha sido un hombre de Estado, no, sino un vehemente defensor de su gobierno: un exasperado defensor de sí mismo. Y el país se ha estado volviendo más grande, mucho más grande, que su voz.

RICARDO SILVA ROMERO
www.ricardosilvaromero.com​

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