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Alternancias

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Los congresistas de la oposición: suelen odiarse a muerte, los unos a los otros, por relevos.

30 de julio 2021 , 12:15 a. m.

Este sitio embrujado es el Capitolio Nacional de Colombia: el presidente eterno Tomás Cipriano de Mosquera puso la primera piedra el jueves 20 de julio del bisiesto 1848, pero solo hasta el sábado 7 de agosto de 1926, con el paso de siete arquitectos, siete guerras civiles y 78 años de obras plagadas de reveses –el general liberal Uribe Uribe fue asesinado en las escalinatas recién terminadas–, pudo inaugurarse con la posesión de un gobierno que no solo fue el fin de la Hegemonía Conservadora, sino el principio de la Violencia bipartidista. Este es el Capitolio lleno de fantasmas, digo, en el que a veces funciona el estruendoso e impopular Congreso de la República. Estos son los congresistas que trabajan para la presidencia de turno: “Yo veré”. Y estos otros son los de la oposición: suelen odiarse a muerte, los unos a los otros, por relevos.

Si usted los ve de lejos, que una prudente distancia es lo mejor en estos casos, promueven lo mismo: una democracia libre de fanatismos, la de la Constitución de 1991, que no delegue el orden público a los ejércitos, ni eluda la defensa de los derechos, ni incumpla la promesa de cerrar las brechas ni confunda la economía con la explotación de un mapa que ya no da más. Pero si usted se acerca a sus curules, las de la Alianza Verde, el Polo Democrático Alternativo, la Lista de la Decencia, la Colombia Humana, el Mais y los Comunes, los verá en traje de calle, sí, pero dedicados en cuerpo y alma a sabotearse, a detestarse más de lo que detestan a los uribistas, a pelearse el lugar del “más progresista” con mañas reaccionarias, a sapearse en las redes sociales, como machitos rodeados de bodegas, en busca de likes.

Son los propietarios jóvenes de la junta del edificio en un país que todo lo vuelve junta de edificio, pero no solo comparten el viejo vicio colombiano de aniquilar al otro, eso sí, sino la primitiva manía de los “sectores alternativos” de canibalizarse –de partir los partidos como adictos al divorcio por diferencias irreconciliables– con la pasión de los hinchas que disfrutan un poco menos su victoria que la derrota del equipo rival.

Hace un poco más de tres años, cuando todavía eran gentes nuevas votadas por gentes nuevas en aquellas elecciones en las que ‘Iván Márquez’ ensayó las urnas, se veían dispuestos a transformar aquel Congreso anterior conformado –según probó un grave fallo del Consejo de Estado– entre destrucciones de material electoral, sabotajes al software del escrutinio e irregularidades en el conteo de la mitad de las mesas. Hoy son la prueba de que no a todos los colombianos les ha ido tan mal durante la pandemia: sí, tanto el modelo de alternancia como esta delirante campaña presidencial que está cumpliendo 36 meses los han trastornado, dañado más de lo usual hasta convertirlos en influencers de las redes que alguna vez pertenecieron a la Rama Legislativa, pero al menos ya no ganan $ 31’331.821 sino $ 34’447.000 al mes.

Con ustedes, los senadores y los representantes de la oposición. Votaría, aún, por muchos de ellos. Son, a mi modo de ver, mejores que los otros. Son liberales e inteligentes. Son aguerridos. Y son tan melodramáticos, tan sobreactuados, como ciertos electores ciclotímicos de las redes: “¡Estos son los congresistas que votaron no a lo que yo quería!”, “¡traición!”. Se toman fotos juntos en las escalinatas del Capitolio, pero se ven antagónicos, los unos a los otros, porque son incapaces de verse de lejos.

Están confundiendo los aborrecimientos con las cuestiones de principios para seguir siendo la disgregada oposición del régimen de siempre. Están pavimentándole el terreno a esta derecha tecnocrática e inescrupulosa, una vez más, para sentirse luchando por este país.

RICARDO SILVA ROMERO
www.ricardosilvaromero.com

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