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Aguafiestas

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En medio de semejante tormenta de país sí que ha sido duro irse quedando sin refugios.

16 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

Cada tanto me entran ganas de negar que Antonio Caballero está muerto. Porque si una fiesta ha necesitado aguafiestas, o sea voces de la conciencia, esa ha sido el carnaval falaz y macabro y apestado de Colombia. “Mi papá era mi paraguas”, dijo una vez una hija habituada a su duelo, “y desde que murió no ha parado de llover”. Y yo últimamente pienso más y más en esa frase porque en medio de semejante tormenta de país sí que ha sido duro irse quedando sin refugios como María Mercedes Carranza, Silvia Galvis, Fernando Garavito, Gabriel García Márquez, Alfredo Molano y Germán Castro Caycedo. No solo decían la verdad, sino que sabían decirla. Creyeron que esto era una tragedia, y que si había un destino era el martirio, y sin embargo, sin renunciar a la belleza y a la insolencia, denunciaron cada episodio del despotismo como creándoles un archivo de escenas y de razones a aquellos que –quién sabe si en mi vida o en la vida de mis hijos– podrán darle forma a la emancipación.

Nacieron en plena guerra bipartidista. Vieron a las élites desalmadas jugar con un dictador. Fueron testigos de cómo la tregua del Frente Nacional no fue capaz de conjurar este sangriento fundamentalismo que tarde o temprano ha acabado en autodefensas. Se negaron a convertirse en gringos. Su Dios fue esta geografía abrupta que habría que haber dejado en paz. A riesgo de ser llamados “subversivos”, que para serlo aquí ha bastado cuestionarles la versión oficial a los estigmatizadores, a los perseguidores de siempre, probaron que “la izquierda” no era un delito ni una traición, sino una denuncia del desprecio, de la explotación. Se les rompió el corazón cada vez que fue saboteada la paz porque la paz, aquí en Colombia, suele recordarle a la ciudadanía que no está condenada a la victimización. Tuvieron que exiliarse, varios, por si las moscas, mientras el negocio de las drogas hacía irrespirable la república. Volvieron justo a tiempo, en el siglo XXI que les sonó distópico, a denunciar tanto la tecnocracia indolente como la contrarreforma armada que se levantó cuando la Constitución de 1991 propuso cumplir las promesas de la democracia.
Son maestros, según la definición que yo me sé, porque en ellos empezó un modo de encarar y recrear lo que venga.

Son maestros, según la definición que yo me sé, porque en ellos empezó un modo de encarar y recrear lo que venga.

No fueron, ni son, ni van a ser en vano. Porque, para empezar, muchos siguen vivos, inagotables y de pie. Y de no habernos dicho todo lo que nos siguen diciendo –de no haber tenido el pulso incorruptible e irónico de Caballero– seríamos una cultura trastornada e incapaz de narrarse a sí misma, y viviríamos resignados a encabezar la lista de los países más peligrosos para los líderes ambientales, a ver en televisión a este presidente que veta periodistas y manda a hacer moneditas conmemorativas de su paso por la historia, y a dejar pasar como males necesarios las campañas que aún a estas alturas de la saga empiezan invadidas por los riesgos electorales y por los fanatismos que reducen a anécdotas las candidaturas alternativas, “ay, la ola verde”, y terminan pendientes de “el que diga Uribe” –Dios mío: no más– así ahora lo diga entre dientes.

Puede ser que esté pensando en mis papás, mientras escribo sobre una generación de maestros que lo han enfrentado todo, porque él nació en 1940 y ella en 1948 y sí que han sido un par de paraguas enormes para todos los que nos los hemos encontrado en la vida. Creo que en el fondo estoy hablando de ellos, de su vocación a enfrentar las fatalidades, y a romper los patrones, porque tengo dos hijos libres e irreverentes que prueban que podemos ir de la tragedia a la comedia en hombros de abuelos valerosos –aguafiestas de los autoritarismos– capaces de la proeza colombiana de decir las cosas como son.

RICARDO SILVA ROMERO
www.ricardosilvaromero.com

(Lea todas las columnas de Ricardo Silva Romero en EL TIEMPO, aquí(

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