Oculta realidad

Oculta realidad

Es hora de mostrar que el narcotráfico y la guerrilla sirven a la izquierda radical.

28 de marzo 2019 , 07:00 p.m.

Nuestra prensa –y en primer lugar EL TIEMPO– cumple bien su función informativa. Revela lo que sabe y trata de investigar lo que permanece en sospechosas penumbras por culpa de oscuros personajes. Por ejemplo, se habla de toda clase de ataques en desarrollo de la minga indígena; también se nos informa que el Eln y las disidencias de las Farc afianzan una red criminal en la frontera de Arauca, al tiempo que cada día la prensa nos da noticias del prolongado y ruinoso bloqueo en la carretera Panamericana. En conclusión, bandas armadas, robos, asaltos, paros y homicidios completan un incierto panorama que se percibe y nos alarma.

La radio y la televisión no escapan a este diluvio de malas noticias. Hace pocos días escuché a jóvenes muchachas de la Corporación Rosa Blanca acusando ante las cámaras a un excabecilla de las Farc, hoy convertido en un honorable senador, de haberlas violado repetidas veces. Todas ellas, víctimas del secuestro y del reclutamiento forzoso de menores, fueron obligadas a abortar de modo muy peligroso y rudimentario.

Todo es un plan que se está orquestando para hundir el gobierno de Duque y llegar al poder, como lo consiguió el chavismo.

Nos acostumbramos a estas tremendas noticias sin percibir qué hay detrás de ellas. Expertos vinculados a nuestras universidades las asocian a la violencia histórica que carga el país. Mencionan, en primer término, las guerras civiles que salpicaron buena parte del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Los liberales también, como prueba de este ancestral sectarismo, fueron víctimas de la famosa policía ‘chulavita’ para impedir su regreso al poder. El punto más alto de esta violencia se vivió el 9 de abril de 1948 con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. La caída de Rojas Pinilla le abriría al fin un espacio a la paz con la creación del Frente Nacional. Sin embargo, el triunfo de la Revolución cubana inspiró la creación de las Farc. Para muchos especialistas, la violencia que contamina vastos sectores de nuestra población se debe a los cincuenta años del conflicto armado que concluyó con grandes prebendas para la guerrilla con el acuerdo de paz.

¿Qué hay detrás de la explosiva situación que acorrala al gobierno de Duque? ¿Por qué nos abruman tantas protestas, tantos paros, tantas marchas y tantos hechos sangrientos? Es hora de mostrar que el narcotráfico y la guerrilla sirven a la izquierda radical, que busca el poder siguiendo el camino de Cuba, Nicaragua, Bolivia y la desastrosa Venezuela. Con tal propósito imperan en departamentos como el Chocó, Cauca, Nariño, Arauca y la región del Catatumbo. Controlan las comunidades indígenas que han bloqueado la carretera Panamericana causando pérdidas enormes y escasez en el sur del país. Han presentado las razonables objeciones de Duque a la ley estatutaria de la JEP como un funesto ataque a la paz. Los temores e inquietudes que genera la JEP tienen como réplica suya turbulentas manifestaciones de apoyo. Se han servido de Venezuela y del régimen de Maduro para albergar al Eln y a reconocidos cabecillas de las Farc que mantienen sus combativas huestes. Tras sus ataques en Colombia, logran un pronto refugio en territorio venezolano. La droga, gracias a ellos, consigue una fácil salida por el Pacífico y Venezuela. En el tablero legislativo, especialmente en la Cámara, la extrema izquierda sabotea cualquier propuesta del Presidente.

En fin, todo es un plan que se está orquestando para hundir el gobierno de Duque y llegar al poder, como lo consiguió el chavismo. De ahí que no basta considerar estos y muchos otros males que saltan a la prensa como simples contratiempos de nuestra vida política y social. Muchos prefieren ignorar nuestra realidad que se recoge en las primeras páginas de los periódicos, para buscar las secciones deportivas o distraerse con las predicciones del horóscopo o las fiestas populares.

Nota: los errores no faltan. Aclaro que Aurelio Caicedo Ayerbe fue fundador del Museo de Arte Moderno de Bogotá y no Marta Traba, como lo escribí en mi pasada columna.

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