¿Dónde está la paz?

¿Dónde está la paz?

Después de los acuerdos firmados con las Farc, la paz verdadera se ha convertido en un mito.

04 de julio 2019 , 07:00 p.m.

¿Sobre qué escribir? Me lo pregunto frente al computador. Reviso mentalmente los temas y descubro que, por terribles que sean, no hay nada nuevo que decir sobre ellos. Muchos de mis colegas los han abordado, sin dejar resquicio alguno para encontrarles una novedad. El glifosato, por ejemplo. Después de leer las columnas de Moisés Wasserman y María Isabel Rueda acerca de las discutibles y, en todo caso, dudosas propiedades cancerígenas de esta sustancia, lo único que retengo es que el glifosato no está prohibido en ningún país. Por consiguiente, debería utilizarse para la aspersión aérea en Colombia, ya que somos la nación del mundo que tiene los mayores y desastrosos cultivos de coca.

Otro tema: la interrupción de la vía Bogotá-Villavicencio. Sabemos los desastres que implica para el Llano y la economía del país. Grandes empresas están amenazadas de quiebra por el costo y las dificultades de enviar sus productos a Bogotá. ¿Cuánto tiempo se necesita para evitar las avalanchas de tierra mediante complicados trabajos de ingeniería? Se había hablado inicialmente de una suspensión del tráfico vehicular por tres meses, pero ahora se anuncia por un plazo de mínimo un año.

Después de los acuerdos firmados con las Farc, la paz verdadera se ha convertido en un mito. Ahora, la violencia que se vive en el Valle del Cauca, el sur de Antioquia, el Catatumbo, Arauca y otras regiones fronterizas con Venezuela corre por cuenta del Eln, las disidencias de las Farc y otras guerrillas, alimentadas todas por el narcotráfico.

Lo que no abriga duda alguna es la muerte sistemática de líderes sociales: 317 asesinados desde el 2018 hasta hoy, según el informe del Instituto de Medicina Legal

Las víctimas son de todas las tendencias. Se nos informa que las cifras de excombatientes desaparecidos de las Farc llegan a 724 hombres. ¿Víctimas o disidentes que han vuelto a la guerrilla? No se sabe. La misma inquietud produce la súbita desaparición de ‘Jesús Santrich’. Lo que no abriga duda alguna es la muerte sistemática de líderes sociales: 317 asesinados desde el 2018 hasta hoy, según el informe del Instituto de Medicina Legal.

Nada de esto es culpa del Gobierno. Todo lo contrario. Desde el mandato de Álvaro Uribe no teníamos un presidente tan empeñado como Duque en abrir un camino hacia la paz real y efectiva. Pero esto es solo un sueño. Lo comprobaron en su momento notables figuras como Alfonso López Michelsen y Belisario Betancur. Desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán (siempre recuerdo haberlo visto muy de cerca, tendido sobre el andén mientras dos policías desarmaban a Roa Sierra), la violencia ha durado más de setenta años, salpicando diariamente la prensa con sus noticias.

La semana pasada encontré una novela mía: Entre dos aguas. Volví a leerla. Para mi sorpresa, descubrí que era una especie de autobiografía, apenas camuflada, que recordaba la decisión que partió mi vida. Después de terminar mi bachillerato a la edad precoz de quince años, duré dos años más sin escoger carrera. Contra la opinión de mi padre, no quería estudiar Derecho, ni Ingeniería ni mucho menos Química Industrial. Pasaba gran parte de mi tiempo en la Biblioteca Nacional, leyendo autores como Paul Verlaine, Charles Baudelaire, Albert Camus, Jean-Paul Sartre y otros escritores franceses traducidos al castellano. ¿Quería yo ser poeta? De pronto.

Terminé viviendo más de veinte años en París, sin desvincularme nunca de Colombia ni de los temas cruciales de mi país. Venía casi todos los años. Era doloroso dejar atrás el mundo existencialista de Saint-Germain-des-Prés, sus cavas donde resonaban los lamentos del jazz, sus cafés y notables cantantes como Juliette Gréco, para recoger en mis escritos nuestros parajes más tormentosos.

Evidentemente, la violencia ha cambiado de cara. Hace medio siglo, sin duda por influencia de Cuba, era inevitable instrumento de los grupos insurreccionales para llegar al poder. Hoy obedece a otros móviles. Incluso, el Eln vive a la sombra del narcotráfico, como las restantes guerrillas. La corrupción es la madre de muchos homicidios, y el populismo es el peligro de las próximas elecciones.

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