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Siete años

Siete años

El incumplimiento de los acuerdos fue el caldo de cultivo para nuevas movilizaciones.

28 de julio 2021 , 08:07 p. m.

Hace siete años se publicó mi última columna en EL TIEMPO. Y hoy, cuando, gracias a la Dirección del periódico, se me abrió una ventana para volver a este oficio tan grato de escribir, encuentro un país crispado y una sociedad profundamente agrietada.

Han sido siete años de una dura convulsión política y social. Una época que comenzó con el paro nacional agrario de agosto de 2013, convertido en el más importante hito de la movilización social en Colombia. No solo porque mostró el poder de los bloqueos como mecanismo para poner a los gobiernos contra la pared. También, porque fue el primer movimiento en utilizar las redes sociales para convocar el paro y extender la protesta con los cacerolazos hacia las ciudades.

Fue “el tal paro agrario” que el presidente Santos no quiso ver, que sembró la semilla de lo que sería la fuerza de la movilización social en Colombia. Como también lo fueron el paro universitario de octubre de 2011, el paro cafetero (febrero de 2013), el paro campesino del Catatumbo (junio) de 2013, o las 1.072 movilizaciones y protestas que para ese año registró el Cinep, en todo el país.

El Gobierno, lejos de ofrecer una respuesta, optó por institucionalizar la fórmula del ‘firme lo que sea’, que sirva para que los que están en paro se desmovilicen. No importaba lo que pidieran, como dijo algún funcionario, “lo que importaba era que volvieran a sus casas”.

El incumplimiento de los acuerdos fue el caldo de cultivo para nuevas movilizaciones y la irrupción de muchos actores (legales e ilegales) con los más diversos intereses. El papel de las redes sociales fue crucial. No solo estableció lazos de comunicación fuertes y permanentes entre quienes se movilizaban en el país, sino que también les hizo ver que en otros países había movimientos con los mismos propósitos. Y lo más importante: que la calle era el nuevo espacio de las reivindicaciones sociales.

Una época que comenzó con el paro nacional agrario de agosto de 2013.
Un agrietamiento frente al que los políticos deben reaccionar, porque en las elecciones
se hará valer

‘Sacar la gente a la calle’ se convirtió en el lema y el escenario ideal. Nada más político ni más populista que mostrar poder movilizador del ‘líder’, al tiempo que hace ver al poder constituyente (la gente) desafiando en la calle al poder constituido (las instituciones).

Los paros del 21 de noviembre de 2019 y del 28 de abril de 2021 recogen y desarrollan las enseñanzas del paro agrario. Pero con una diferencia. Ahora, el país vio movilizarse y expresarse, por una parte, a una sociedad con rabia que perdió el miedo al toque de queda o a la militarización de las ciudades; que no cedió, incluso, ante la amenaza de expansión del covid-19; o que, para asegurar que atiendan sus peticiones, apoyó los bloqueos que impedían la provisión de combustibles, alimentos o, más grave aún, la atención médica a las personas en estado crítico en las unidades de cuidados intensivos en las distintas ciudades del país. Pero, por otra parte, también vio a una sociedad que les perdió el miedo a los violentos; que asumió el hecho de que si nadie la defiende, ella misma tendrá que hacerlo, incluso si eso significa tomar la seguridad o la justicia por mano propia. Hoy, en solo siete años, nuestra sociedad se agrietó profundamente.

Pero no hay que equivocarse. La ‘guerra’ no es entre unos y otros, como dicen algunos políticos que buscan beneficiarse del agrietamiento social. Lo que deben entender los políticos es que unos y otros están contra el orden establecido y contra la clase política que los sostiene. Por eso, ellos mismos han desbordado a sus dirigentes, de uno y otro lado. Han entendido que el estado de cosas ya no es más aceptable. Unos, porque están marginados, los otros, porque están desprotegidos.

Un agrietamiento frente al que los políticos deben reaccionar, porque en las elecciones se hará valer.

PEDRO MEDELLÍN TORRES​

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