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Indignación versus acción

Indignación versus acción

No basta con no ser racista, debemos ser antirracistas y cambiar las relaciones de poder.

08 de enero 2022 , 10:52 p. m.

Hace unos días se formó un gran revuelo porque, en Cartagena, el restaurante Alma de Casa San Agustín, por racismo (me parece muy bueno ser explícito y no llenarse de eufemismos, pues no se trata de clasismo, ¡es racismo!) no le permitió el ingreso a un reconocido empresario negro (no mulato) y su familia, aunque el lugar estaba casi vacío. Pensé que por eso me gusta ir a comerme mi sancocho de pescado a El Bony o a La Boquilla; ahí siempre soy bienvenida. Allí nadie me mira extrañado ni me dice cosas ofensivas o irrespetuosas. Si acaso me echan un chiste o un piropo, me ofrecen más limonada y me lanzan una sonrisa.

Al igual que Luc y su familia, a mí me cerraron la puerta cuando iba entrando al extinto Perumar con Carlihnos Brown, o soy la única a la que paran en Cuzco cuando entro con un grupo de amigos mestizos; en dos de los hoteles claustros solo requisan con perros cuando entro con mis amigas negras cartageneras; en el ascensor me preguntan si ofrezco servicio de masajes, etc. Escribí un libro, ‘El poder de lo invisible’, publicado por Random House, en el cual narro una parte de todas esas violencias cotidianas, tan agresivas y perversas. Cada hecho ratifica la realidad, que no me angustia por Luc y Caterin, sino por los miles de cartageneros negros. Ellos son humillados, ultrajados, menospreciados y vulnerados a diario, sobre todo en un centro histórico al que de histórico le queda poco, convirtiéndose en pura fachada, farandulería y entretenimiento, desde el más sofisticado hasta el más ilegal y ruin.

Muchos ya se cansaron y simplemente no van al centro. Mi reflexión es que expresamos solidaridad por redes sociales... Y hasta ahí. No pasa nada más. Así tengamos ahora una oleada de turismo afroamericano y africano clase media alta que ha escogido a Cartagena como su destino. ¡Apenas ahora descubrimos que 1.500 millones de personas en el mundo son africanas y afrodescendientes, que consumen, deciden, etc.! Pero a los propios los tratamos con desprecio o desdén, y a veces, como en este caso, tenemos el mismo comportamiento con los extranjeros.

La pregunta de fondo es cómo vamos a generar movilidad social en la mitad de esa Cartagena negra, para que la diversidad no sea solo decorativa. Me encantaría que muchas de las personas que compartieron su indignación por redes sociales expresaran –con igual ahínco– cómo van a contribuir para que cambiemos la realidad, por una Cartagena y un país donde los propietarios de restaurantes puedan ser empresarios negros, como Luc, no solo el personal de servicios (en su mayoría mal pagos, con medio salario mínimo y sin recibir las propinas), que cumple una labor muy valiosa, pero cuyo único y eterno lugar en la sociedad no tiene que ser ese.

Nos rasgamos las vestiduras. Sin embargo, el respeto por la diversidad no se habla, se actúa. Como bien se ha repetido, no basta con no ser racista, debemos ser antirracistas, lo cual implica hacer, invertir y comprometerse. Debemos exigir resultados medibles, cambiar las relaciones de poder. Sabemos que no contamos ni con la Alcaldía ni con el sector empresarial, más allá de eventos o discursos vacíos. La identidad étnica debe ser vista como un activo y una oportunidad para construir una ciudad más justa, real y próspera. Cartagena no es muy distinta a Bogotá y otros tantos lugares. Ojalá pasemos de la indignación a la acción para trascender la anécdota recurrente con diferentes protagonistas.

Nota: exigimos justicia ante el asesinato de Esnaider Castillo, de la Agrupación Changó del Pacífico sur. La vida de los líderes juveniles culturales negros importa, y ver caer con tanta crueldad y sevicia al que tanto le costó levantarse en medio del abandono y la criminalidad lo llena a uno de impotencia. No nos podemos acostumbrar a obituarios permanentes.

PAULA MORENO

(Lea todas las columnas de Paula Moreno en EL TIEMPO aquí).

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