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Buena fe, probidad y confianza

Buena fe, probidad y confianza

¿Cómo sería posible ser coherente en una sociedad donde nos han enseñado a manipular y a mentir?

04 de diciembre 2021 , 10:01 p. m.

En la reunión anual de egresados del programa de Innovación y Liderazgo en Gobierno de la Universidad de Georgetown, la conferencia principal estuvo a cargo del secretario de la OEA, Luis Almagro, y una de las frases de su presentación que más resonó en mi cabeza fue: “Necesitamos un liderazgo que actúe de buena fe, con probidad y que genere confianza”. La frase pareciera sencilla, simple, pero tiene un importante trasfondo.

¿Qué significa actuar de buena fe? Pues actuar sin malicia. Según nuestra Constitución, “las actuaciones de los particulares y de las autoridades públicas deberán ceñirse a los postulados de la buena fe”. De hecho, algunos fallos judiciales han resaltado el principio de buena fe “como aquel que exige a los particulares y a las autoridades públicas ajustar sus comportamientos a una conducta honesta, leal y conforme con las actuaciones que podrían esperarse de una “persona correcta”, y por tanto “la buena fe presupone... la credibilidad que otorga la palabra dada”.

Un liderazgo de buena fe requeriría que se cumpla con lo prometido, que no se hagan promesas en vano y que se actué en consecuencia. Prácticamente pide ser coherente. Pero ¿cómo sería posible ser coherente en una sociedad donde nos han enseñado a manipular y a mentir? En serio, hasta nos inventamos la expresión ‘es una mentira piadosa’. Bueno, entiendo que ser coherente puede ser algo difícil, pero con compromiso actuar de buena fe respetando la palabra empeñada es posible. Si aplicamos el principio de buena fe al servicio público, lo que nos piden es no ser mañosos ni sesgados. Sino que, como mínimo, debemos desempeñar nuestras obligaciones y funciones de manera eficiente: planear con base en las necesidades ciudadanas, cumplir las normas, ejecutar el presupuesto, alcanzar las metas propuestas, promover la transparencia y rendir cuentas. De buena fe, también se requiere promover el fortalecimiento de las instituciones por encima de las preferencias personales.

La probidad es el segundo llamado que hace Almagro, reforzando y ratificando el principio de la buena fe. La probidad está definida como integridad y honradez, que, según definición de la RAE, plantea el ser recto e intachable; la probidad invita a actuar con buena intención y coherencia y en el marco de la ética y la moral. De manera específica en lo público, a no buscar el beneficio particular o de terceros por encima del interés general. Sin probidad, la administración pública se expone a los sobornos, al intercambio de favores, a la apropiación indebida de recursos públicos y queda sometida a la corrupción. Cuando esto ocurre, arranca un círculo vicioso en el que la gestión pública no genera valor a los ciudadanos y, en vez de ser un factor de movilidad y prosperidad social, termina convirtiéndose en un factor que perpetúa los ciclos de pobreza al no ser eficiente en el uso de los recursos.

Finalmente, la frase de Almagro trae la palabra ‘confianza’, que en términos generales se define como la ‘esperanza firme que se tiene de alguien o algo’. ¡Y vaya que tiene sentido que la buena fe y la probidad generen confianza! No se puede confiar en quien miente y engaña asaltando el principio de la buena fe. Tampoco puede tenerse confianza en quien no actúa con honradez y privilegia a unos pocos en detrimento de muchos, o se apropia de recursos públicos. Así, para generar confianza la probidad y la buena fe nos piden entonces priorizar el bienestar general, promover la entrega de bienes y servicios a la ciudadanía, respetar los recursos públicos, ser transparentes en las decisiones y la gestión, además de trabajar por el fortalecimiento institucional para el beneficio social.

PATRICIA RINCÓN MAZO

(Lea todas las columnas de Patricia Rincón Mazo en EL TIEMPO aquí).

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