Rabo de paja

Rabo de paja

Señores congresistas: ¿semejante sainete para cubrirse las espaldas?

23 de junio 2019 , 10:37 p.m.

Cuando se pierde la esperanza y la decencia, solo queda la violencia. Y por eso hay cosas que a la gente le vuelan la piedra, sin importar cuánto yoga, meditación o artes orientales se le meta al tema. Y una de esas cosas es cuando el Congreso monta parodias como la del falso conciliador de la ley anticorrupción: un sainete vergonzoso que perpetuó para los corruptos el privilegio de la casa por prisión.

Y es que el Congreso está plagado de personajes que tienen rabo de paja, y por eso no se atreven a quedarse sin el beneficio de la prisión domiciliaria. Ese beneficio del que ya han gozado una larga lista de excongresistas, así como también sus familiares y sus contratistas: Rafael Forero Fetecua, Rodrigo Turbay Cote, Zulema Jattin, Lucero Cortés, Yidis Medina, Iván Díaz Mateus, Emilio Tapias, Enilce López, los Nule y otros tantos que forman parte de esa extensa lista de abusadores de lo público en nuestra patria.

Ah, y se me olvidaba: también Nancy Patricia Gutiérrez, actual ministra del Interior, quien recibió de la Corte Suprema el beneficio de la casa por cárcel durante un proceso que se le adelantó por tráfico de influencias cuando era senadora de la república.

Y aunque la ministra resultó absuelta, alcanzó a palpar la diferencia entre estar presa en su propia casa y no en una prisión cualquiera: ningún guardia la vigilaba, veía televisión cuando se le antojaba, hablaba por teléfono sin restricciones de tiempo ni de número de llamadas, recibía correspondencia todos los días, no tenía un horario especial para las visitas ni le tocaba esperar a que llegara el domingo para el encuentro conyugal. Y cargaba ella misma las llaves de su propia celda, que eran las de su mismísima puerta principal.

Tal vez por eso la confusión y la amnesia de la ministra en la conciliación del proyecto anticorrupción. Porque fue ella quien le dijo al representante Gabriel Vallejo que él era el conciliador, pero olvidó súbitamente después quién le había pasado esa información. A lo que se sumó el insólito error del propio Vallejo —quien firmó algo que tenía otro hombre—, la parsimonia del verdadero designado —Jairo Cristo, quien se enteró tardísimo de su nombramiento como conciliador— y el presidente de la Cámara Alejandro Chacón, quien manejó los tiempos a su antojo y levantó con premura la sesión durante el partido de la Selección, y el parrandón que le tenían organizado en su honor.

Estos señores sabían muy bien lo que hacían y aquí no hubo ninguna equivocación. Y está clarísimo que nos vieron la cara de bobos a todos y nos metieron los dedos en la boca en un segundo. Y nos armaron una comedia digna de una serie de televisión, con tal de no correr el riesgo de terminar tras los barrotes de una auténtica prisión.

Porque los absurdos y desbordados gastos en las campañas políticas se van a recuperar cómo sea, legal o ilegalmente, pero seguro por algún lado. Porque la excusa de que narcos y guerrillas se gastan fortunas en la política local es un pretexto que les sirve a muchos políticos para permitirse todo tipo de abusos sin perder el sueño ni la tranquilidad del caso. Porque genuinamente creen que lo que hacen está bien y que los apartamentazos y casotas que se compraron con la plata de las coimas y asaltos contra las finanzas del Estado son parte de una justa remuneración por sus sacrificios de tantos años.

Y por eso defienden a capa y espada la mansión por cárcel, aunque no se queden quietos ni en sus propias casas. Como sucedió con la excongresista Zulema Jattin, quien a pesar de tener un brazalete electrónico en el tobillo derecho, se dio el lujo de irse de vacaciones para Miami.

Hacen lo que se les da la gana y cuentan con la complicidad de uno o varios agentes del Inpec y de inmigración. Fichas que vienen cultivando por años como parte de las clientelas que acumulan como contraprestación por cada voto suyo dentro del Congreso. Y por eso tienen gente que les debe favores en casi todos los rincones de la nación.

Una tribu con botines políticos en la Fiscalía, la Contraloría, la Procuraduría, la Registraduría, Migración, los ministerios, las entidades territoriales, notarías y cuanta cosa salga del Presupuesto General de la Nación. Esas mismas entidades que les prescriben a los congresistas los procesos, que les dejan investigaciones abiertas y que nunca les encuentran ni un solo peso de la plata que se robaron.

Y a estos congresistas los investigan supuestamente las Cortes, en donde hay magistrados como los del ‘cartel de la toga’, que cobran por desaparecer pruebas, embolatar expedientes importantes, desaparecer grabaciones, omitir testimonios estratégicos y dilatar casos. Es decir, las mismas marrullerías del Congreso, pero en los estrados.

Lo que acaba de pasar en el Congreso es absolutamente grotesco. Habrá sin duda unas cuantas excepciones de congresistas que no participaron en ese entuerto, pero son minorías que no tienen los medios para detener semejante concierto para embolatar a todo un pueblo. Porque ese es otro problema de nuestro Congreso: que los buenos y honestos nunca son suficientes como para poder conformar una mayoría que bloquee a los cínicos y puercos.

Estamos ante una obra de teatro que tras bambalinas no es otra cosa que la repartición de un botín billonario. Y en donde el que quiera la mayor tajada tiene que hacerse con el mayor poder del caso. ¿Y el poder para qué? Pues para ayudar a la familia con puestos bien pagados, para conseguir la plata para financiar las campañas, para hacer que los contratos jugosos lleguen a gente cercana o a familiares, para perpetuar los clanes y cacicazgos, para tener poder y, sin duda, sexo (con menores de edad, con funcionarias, con quién y cómo se les dé la gana).

Por algo muchos de los hombres más poderosos del país han sido congresistas —como Samper, Uribe, Vargas y Gaviria—, quienes siguen teniendo el Congreso lleno de sus fichas. Por algo le meten entre 5.000 y 10.000 millones de pesos a una campaña al Congreso, que no se recuperan a punta de suelditos mensuales de 30 millones de pesos. Por algo hasta Pablo Escobar quiso ser congresista y ocupar una silla en el capitolio colombiano. Por algo Santrich no es el único corrupto, aunque es otro payaso desfachatado dentro de todo ese circo.

Se merecen los unos a los otros, y no se merecen estar ahí, porque van al Congreso para hacerse más ricos y para tener más poder, pero no para ayudar a los ciudadanos de a pie.

El problema de Colombia no son sus Cortes, es que su clase política está embriagada de cinismo y de poder.

PAOLA OCHOA
En Twitter: @PaolaOchoaAmaya

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