La mano negra

La mano negra

¿Y si lo de Santrich fue un montaje de la DEA?

03 de febrero 2019 , 11:49 p.m.

La cosa raya en lo ridículo: una carta de enorme importancia que nunca llega a su destino final y se queda embolatada en Ciudad de Panamá. Un sainete demasiado rebuscado para ser verdad, porque es imposible que de 300 cartas de extradiciones al año, solo se haya perdido aquella en la cual se solicitaba las pruebas contra Santrich por narcotráfico.

Una suma de eventos desafortunados que hace pensar que todo esto fue deliberado: el envío por el correo tortuga del Estado, la omisión de copias a embajadas y consulados, la falta de seguimiento en un tema tan delicado, la desidia total del Ministerio de Justicia colombiano, y la aparición sorpresiva de la carta en Panamá dos días después de vencerse el plazo. Que no nos crean tan pendejos. A otro perro con este hueso tan absurdo, fétido y desgastado.

¿O será que aquí hay gato encerrado? ¿Fue esto una operación encubierta para influir en la opinión pública y desgastar el proceso de paz y a quienes prometían continuarlo? ¿Para manipular al electorado? ¿Otra vez la DEA jugando a influir en las elecciones presidenciales de un país latinoamericano?

Porque todo esto estalla el 8 de abril del año pasado, justo un mes antes de la primera vuelta presidencial. Ese día, la Fiscalía captura a Santrich con la ayuda de un agente infiltrado de la DEA, quien supuestamente lo graba hablando con un narco mexicano sobre un envío de cocaína a territorio norteamericano. Algo que ocurre –teóricamente– después de la firma de los acuerdos de paz. Y por eso, la algarabía fue general.

Y por eso, también, mucha gente cambió su voto. O al menos se inclinó hacia uno de los lados. Pues reinaba la percepción de que las Farc no estaban cumpliendo lo pactado, que sus jefes seguían narcotraficando, y, además, iban derechito para el Congreso colombiano.

Ya hay suficientes indicios para pensar que todo esto pudo haber pasado. Y por eso debería ser investigado con todo el rigor del caso. Empezando porque la DEA y las agencias norteamericanas siempre han jugado a meterse en las elecciones latinoamericanas: en el golpe de Estado a Zelaya en Honduras, en el escándalo de Baldizón en Guatemala, en la muerte de Torrijos en Panamá, en la captura de Noriega en Panamá, en las elecciones de Chile y Bolivia, y en otros juegos de poder más.

Y juegan duro. Y juegan sucio. Y a veces, también, son corruptos. Basta ver el reciente caso de José Irizarry –una de las estrellas de la DEA en Colombia– que acaba de ser acusado por Estados Unidos de conspirar para lavar más de 7 millones de dólares, producto de la venta de cocaína colombiana.

Una de las manchas negras más grandes en la historia de la DEA, una organización con mala reputación tanto en Estados Unidos como en Suramérica. Y cuyos agentes tienen la desvergüenza de decir que luchan contra las drogas, cuando en realidad no han hecho sino aumentar el problema. Sus pésimas estrategias han triplicado el consumo de droga en el planeta en las últimas décadas.

Nadie sabe qué va a pasar con Santrich. Tampoco, si aparecerán las pruebas, si encontrarán otras nuevas o si la JEP extenderá los plazos para el recibo de estas. O si, finalmente, dicha jurisdicción actuará y mandará a alguien personalmente a Estados Unidos por ellas.

Mi única certeza es que detrás de todo esto está la DEA. Una entidad envuelta en escándalos desde hace cinco décadas. Y el fracaso institucional más grande del que tenga conocimiento la humanidad entera.

PAOLA OCHOA
En Twitter: @PaolaOchoaAmaya

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