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La maldición del paraíso

La maldición del paraíso

Colombia: del paraíso al infierno para el turismo extranjero.

La noticia me llamó poderosamente la atención: Brasil creció 7,7 % en el tercer trimestre de este año, el mayor crecimiento desde que se tenga registro en la historia del coloso sudamericano. Hazaña que solo ha sido superada por los gringos a una velocidad del rayo –casi cinco veces más rápido que los brasileños– y por ello el desempleo en el país de Mickey Mouse cayó nuevamente a números pequeños.

Que los gringos hagan semejante hazaña es algo que uno entiende sin tener que reventarse el cerebro. Al fin y al cabo, tienen la economía más fuerte, resistente y flexible del universo. Pero que lo haga también Brasil, el vecino más desordenado, despreocupado, ‘encovitado’ y con más de 50 millones de pobres, es algo que le rompe a uno los sesos. La pregunta está en el aire y gravita con el viento: ¿qué hace que Brasil crezca casi al 8 %, mientras Colombia se desploma al 9 %?

Una de las posibles respuestas está en la criatura más horrorosa de todas, en el muro de todos los muros: la exagerada cantidad de restricciones por el covid-19. Muro que les está haciendo la vida a cuadritos a millones de colombianos –pero, sobre todo, a los que viven del turismo– y que esta semana volvió a subir varios metros más por cuenta de la esquizofrénica pelotera derivada de las pruebas PCR para los visitantes que llegan del extranjero.

Esquizofrénica es poquito: un gobierno que desacata la orden de un juez, un juez que sabe más del virus que los médicos epidemiólogos, unos médicos que no se ponen de acuerdo sobre la efectividad de dichas pruebas, unas pruebas que en otros países también nos exigen a los colombianos.

Pero mi preocupación no es la esquizofrenia en sí misma. Son los efectos que pueda tener sobre el bolsillo de millones de familias que viven del turismo. Familias que anhelan –con los dedos cruzados y el cinturón apretado– el retorno de los gringos con sus dólares, de los europeos con sus euros y de los latinos con su estela de monedas débiles.

Pero ¿quién va a querer venir de paseo a Colombia? Si es que, además de la prueba PRC –que en el exterior cuesta entre 100 y 300 dólares–, se suman otros dos palos en la rueda turística: que vamos a ser uno de los últimos países del continente en tener y distribuir la vacuna contra el covid y que tenemos las reglas más ridículas del mundo para el turismo de masas.

Tomemos el caso de Santa Marta. La segunda ciudad de la Costa que más atrae extranjeros, hoy está plagada de un catálogo de reglas absurdas para los turistas:

1. Las playas abren de 9 a. m. a 5 p. m. (para que ningún turista pueda ver el amanecer y el atardecer al frente del mar)

2. Las playas se cierran durante dos horas a mediodía (para que nadie pueda disfrutar de corrido, diferente a lo que ocurre en Río o Copacabana)

3. Las playas solo se pueden usar durante 6 horas al día (para que la gente se apeñusque en ese lapso de tiempo, en lugar de distribuirse a lo largo de las las 12 horas con luz del sol)

4. Las playas se cierran a las 5 p. m. (para que a partir de ese momento la gente se aglomere en las piscinas de los edificios y hoteles)

5. Y la perla de todas las perlas: las playas se cierran todos los martes, por ser día de desinfección (para que los turistas pierdan un día entero de sus vacaciones)

¡Desinfección de la playa! ¡Hágame el favor! Como si fuera a pasar alguien a rociar con alcohol y gel antibacterial docenas de kilómetros de playa, ya de por sí bastante ventiladas y aireadas con la brisa natural de las costas samarias.

Y entre tanto, ¿nadie piensa en los turistas? ¿Ni en los que viven del turismo? ¿En los miles de vendedores ambulantes de gafas, vestidos, canastos y bisutería, que se pasean con hambre por la playas colombianas? ¿Vendedores cuyos principales clientes –europeos y gringos– no van a volver a pisar las playas colombianas mientras subsistan tantas y tan ridículas reglas?

Señora alcaldesa de Santa Marta: tiene usted un paraíso entre sus manos. Por favor, no lo siga convirtiendo en un infierno con tantos decretos y reglas sin sentido. Es por este tipo de cosas que Colombia cae al 9 %, mientras Brasil crece al 8 %.

PAOLA OCHOA
@PaolaOchoaAmaya

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