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La comedia colombiana

La comedia colombiana

El emperador está sin traje y lo saben hasta los niños.

23 de mayo 2021 , 11:11 p. m.

No sabe uno si reírse o llorar: perdimos la Copa América, perdimos el mundial de ciclismo de pista, perdimos los mejores prestamistas, perdimos los turistas extranjeros, perdimos la tercera parte de TransMilenio, perdimos el puerto de Buenaventura, perdimos la producción de arroz, café, papá, aguacate, azúcar, leche, pescados, aves, cerdo y huevos.

Nos mandamos huevo porque el precio de huevo ya no es a huevo, porque enterramos gallinas famélicas bajo el suelo, sacrificamos millones de animales hambrientos, arruinamos a miles de campesinos sedientos, impedimos el trabajo de millones de ciudadanos honestos, disparamos los precios de los alimentos, encarecimos el desplazamiento de los más pobres y disparamos los contagios de covid mientras las UCI están al borde del colapso.

Tamaña tontería gracias a la cual hoy somos mucho más vulnerables que antes, pero con un agravante nada menospreciable: que el estado de las cosas hay que arreglarlo en medio del caos, mientras que un artesano detiene las piezas del reloj cuando necesita repararlo.

Porque el reloj viviente del Estado hay que arreglarlo en marcha; por tanto, cualquier solución tiende más a su destrucción que a su mantenimiento de largo plazo. ¿Cuánto nos costarán las concesiones al Comité Nacional de Paro? ¿De qué les sirve a los jóvenes desempleados que se deroguen los decretos laborales que flexibilizaban su enganche al mundo del trabajo? ¿De qué les sirve acabar con la aspersión y fumigación de los narcocultivos, como lo exige el Comité de Paro? ¿De qué les sirve acabar con las privatizaciones, con cuyos dineros se podrían hacer obras y financiar programas sociales?

El emperador está sin traje y eso lo saben hasta los niños. El Comité de Paro no representa a los jóvenes, pero tampoco a los indígenas, afrocolombianos, pobres y desempleados. Y aun así, toca negociar con ellos, porque nos llevan una ventaja inmensa sobre todo el resto de colombianos: décadas de sindicalismo coordinado remando hacia el mismo lado.

¿A dónde nos han llevado todas esas décadas de sindicatos que hoy se creen con la sartén por el mango? ¿Estamos acaso mejor que en los tiempos de antaño? ¿Cuántas cosas han hecho por los jóvenes colombianos? ¿O únicamente han velado por los intereses de los trabajadores sindicalizados, exactamente lo opuesto a los informales y desempleados?

¿No que eran muy ambientalistas? ¿No les importa el sacrificio de miles de cerdos, pollos, vacas o gallinas? ¿No les duelen los animales que se están muriendo de hambre ante la escasez de granos, cuidos y alimentos concentrados? ¿No les importa que se pierdan millones de insumos represados en el puerto de Buenaventura, ad portas del colapso y con navieras mundiales cancelando docenas de viajados?

Y los que queremos trabajar, ¿a dónde nos vamos? ¿Quién nos representa a los que no somos parte de los sindicatos? ¿Quién habla a nombre de los millones de trabajadores que no marchamos, ni bloqueamos, ni vandalizamos ni pescamos en el río revuelto del caos? ¿Quién toma la vocería por los millones de hogares que pagamos con nuestro bolsillo los platos rotos de este descalabro? ¿Quién habla a nombre de las familias con miedo a terminar en un destino similar al venezolano?

El emperador está sin traje y eso lo saben hasta los niños.

PAOLA OCHOA

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