La casa del terror

La casa del terror

La escalofriante relación entre estrés y brutalidad policial.

14 de septiembre 2020 , 12:35 a. m.

Se llama pánico atávico: terror primitivo al caos interno de los seres humanos. Lo engendran nuestros propios demonios, pero también las circunstancias desafortunadas que vivimos a diario: la desgarradora brutalidad de algunos uniformados, la hiper-agresividad de varios ciudadanos, la rabia de los vándalos, la desesperanza de millones de hogares colombianos, la profunda crisis económica de este año, el tenebroso latigazo del desempleo sobre varias generaciones de muchachos y el miedo permanente a contagiarnos del virus que cambió el destino que dábamos por sentado.

Niveles de ansiedad y de estrés que también inundan, perturban, alteran y contaminan la vida diaria de las familias de los uniformados. Y que pueden desatar en estos un ataque demencial que va mucho más allá de una simple venganza o de un horripilante asesinato de un grupo de bárbaros. Pues hay que entender primero el problema existencial de los policías y sus distintos grados de tormento diario: pobreza, hambre, desigualdad, exceso de deudas, exceso de trabajo, poca educación, baja capacitación y ahora también crisis económica y coronavirus.

Patrulleros que ganan menos de 2 millones de pesos al mes, trabajan entre 12 y 16 horas diarias desde que empezó la pandemia, no les pagan horas extras, no les respetan los descansos de fines de semana, tienen que trabajar exponiéndose al virus, les toca pagar sus estudios con plata de su propio bolsillo —como los 17 millones que vale el curso anual de patrullero o los 2 millones que cuestan las licencias de conducción de motos y vehículos— y, por todo ello, se endeudan hasta el cuello con agiotistas y ‘paga diarios’, según los propios coroneles de la institución.

Niveles de estrés que desembocan en altísimos niveles de agresividad, ira, ansiedad y, lo más grave de todo, brutalidad policial. Según las investigaciones del Instituto Heartmath en California, existen estudios en Estados Unidos y Europa que comprueban la estrecha relación que existe entre los altos niveles de estrés policial y la brutalidad de estos últimos.

Más preocupante aún: la epidemia del covid-19 ha disparado los niveles de ansiedad entre los trabajadores esenciales —como médicos y policías— cuyos oficios están bajo constante presión social y permanente exposición al virus. Y por eso son las víctimas predilectas de la epidemia de salud mental que acosa últimamente a toda la humanidad, según la Organización Mundial de la Salud.

A eso se suman los líos propios de nuestra policía nacional: una institución que gasta más en armas, municiones, equipos, edificios, helicópteros de guerra y hasta lanzagranadas que en la educación y salud de su personal, según las cifras del presupuesto nacional. ¿Puede llamarse a esto una institución humana?

La única forma de entender lo que pasó, de comprender la maldad con la que ocurrió, de ahondar en la sevicia de quienes torturaron y mataron al abogado Javier Ordóñez, es descendiendo a los lugares más oscuros de la verdad. A esos elefantes en la habitación de cada cual de los que nadie quiere hablar. A esos abismos de nuestra sociedad que muestran las grietas de nuestra propia humanidad.

Lo que ocurrió no lo justifica nada, pero va mucho más allá de unas cuantas manzanas podridas o malsanas: es una peligrosa semilla que amenaza a varias generaciones futuras de policías, y por eso la importancia de llegar hasta las raíces de semejantes niveles de demencia por parte de quienes deberían cuidar a la gente y velar por la convivencia ciudadana.

Pues los policías —como cualquier otro ser humano— son capaces de albergar en su interior sentimientos de protección y destrucción, compasión y humillación, convivencia y descontrol, placer y dolor. Todo depende de las circunstancias del momento, de los niveles de formación, de la calidad de la educación y de unos procesos adecuados de selección. Y todavía más importante: de los niveles de estrés, deudas, hambre y desprotección.

PAOLA OCHOA
En Twitter: @PaolaOchoaAmaya

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