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Insensatez

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El día sin IVA comprobó que toda situación mala es susceptible de empeorar.

22 de junio 2020 , 12:57 a. m.

Una de las leyes de Murphy dice que toda situación mala es susceptible de empeorar. Y eso fue justo lo que pasó con el día sin IVA, que funcionó mal desde el comienzo hasta el final. Falló todo lo que podía fallar: se generó montonera en el pico de los contagios y quedó en evidencia la falta de coordinación dentro del Estado.

Muchas cosas salieron mal: los portales de internet colapsaron, las calles se atiborraron, los parqueaderos se llenaron, los locales se desbordaron, los mayores de 70 años salieron camuflados y los contagios probablemente se dispararon. Pasó en Perú cuando se le permitió a la gente salir sin restricciones a los supermercados y después los casos positivos de coronavirus se multiplicaron.

En Colombia pecamos todos por omisión. Nadie anticipó lo que podía pasar a nivel de contagios, nadie previó el atiborramiento en los hipermercados, nadie lanzó gritos de alerta sobre las filas eternas de carros, nadie visualizó lo que podía pasar y que terminó pasando. Tal vez porque pensamos que medio país ya estaba quebrado y que el otro medio andaba con el bolsillo muy aporreado. Tal vez porque muchos estaban cansados de estar sencillamente encerrados. Tal vez porque nos dejamos manipular como borregos ante las encantadoras campanas de promociones y descuentos que sonaban por todos lados.

Fuimos conejillos de Indias de la guerra de guerrillas del comercio, que entre prácticas consumistas, descuentos de IVA, promociones de saldos, ganchos para pagar con tarjetazos y todas las tácticas comerciales del caso, intentó hacer su agosto y compensar tres meses desastrosos para los empresarios. Eso y la necesidad de muchas familias de comprarles computadores y tabletas a sus hijos para la educación virtual, otro dolorcito de cabeza que va para largo a juzgar por las recientes posturas de maestros, padres de familia y alumnos.

Si algo quedó claro en el día sin IVA es que los colombianos detestamos ese desequilibrado impuesto; tanto que nos importó un bledo arriesgar nuestros propios pellejos con tal de no pagar ese antipático tributo al valor agregado. El próximo político que quiera llegar a la Casa de Nariño solo tiene que prometer la eliminación del IVA y darle en la vena del gusto a todo un pueblo; un pueblo que prefiere el circo de un día sin impuestos a que se construyan 300 unidades de cuidados intensivos con el billón de pesos que se dejó de recaudar el viernes por ese concepto. ¿Qué pensará el Ministro de Salud con semejante despilfarro de recursos, que podrían haber salvado tantas vidas en el futuro?

El ‘mea culpa’ también debería ser de los medios. Nos concentramos en las denuncias de sobreprecios, pero olvidamos comunicar el gran riesgo de todo esto: salir a la calle en pleno pico de contagios y rebajar el valor de la vida a punta de descuentos. Se nos olvidó preguntar por cosas tan elementales como los detalles operativos y logísticos en el terreno, los protocolos para los espacios de televisores y electrodomésticos –que tuvieron el mayor apogeo–, los preparativos electrónicos de los establecimientos y las posibles filas virtuales en las plataformas tecnológicas del comercio.

Y lo más grave de todo: nos tragamos entero el cuento de que este era el impulso necesario para la reactivación económica y para volver al comercio de otros tiempos. Nada más falso, pues los empresarios saben que su facturación va a desplomarse en los meses siguientes y que lo más duro de la crisis económica aún está por verse. Así lo pronostican los grandes gurús mundiales, que anticipan una crisis de deuda y otra crisis financiera para finales de este año, además de una nueva gran depresión por la aceleración de los contagios.

Por eso es tan grave que en Colombia nadie haya anticipado lo que estaba en juego. Ni los ministros de Salud, Defensa, Hacienda, Interior y Comercio, que se rindieron al canto de sirenas del dinero; ni los alcaldes locales, que no prendieron las alarmas del desastre a tiempo; ni los órganos de control, que llegan siempre tarde a apagar los fuegos; ni los hogares que se dejaron obnubilar por los descuentos; ni los consumidores que irracionalmente salieron a gastarse el dinero en el mayor momento de contagios y de desempleo.

La responsabilidad es de todos y de cada uno. No le metimos suficiente cabeza al asunto y dejamos que la emoción del día sin IVA se convirtiera en delirio colectivo. Una frenética actividad de masas que no dejó tiempo para encender una mínima chispa de sentido común, el menos común de los sentidos.

Mucho ojo, señores del gobierno, porque la primera vez es aprendizaje, pero la segunda vez es estupidez. Lo más decisivo para el valor de una idea es el grado de realidad que contiene. No lo que narra, sino los efectos que produce.

PAOLA OCHOA
En Twitter: @PaolaOchoaAmaya

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