Doble moral

El aparente apoyo de Roma al matrimonio homosexual.

25 de octubre 2020 , 11:45 p. m.

Dicen que el diablo está en los detalles. Y por eso es necesario mirar con lupa el inédito apoyo del papa Francisco a las uniones civiles de los homosexuales. A simple vista, un progreso para la Iglesia católica, tras siglos de predicar rechazo y prejuicios contra la población LGBT. En el fondo, una diferenciación entre dos categorías de ciudadanos: los que se unen por unión civil y los que se enlazan por matrimonio eclesiástico.

Dos términos que para Roma se refieren a instituciones diferentes y que subrayan una distinción moral entre dos clases de gente: los buenos y los descarriados. Los correctos y los sodomizados. Una postura histórica que se ha repetido por generaciones a través de pasajes bíblicos como los pecados de Sodoma y las definiciones de sexo de Santo Tomás, un venerable para quien el sexo era únicamente para procrear.

El gesto del papa Francisco, por simbólico que parezca, no es más que un comentario suelto que no logra penetrar en las petrificadas estructuras de la Iglesia. Una frase sin contexto dicha en una entrevista para un documental, no como parte de un sermón ni dentro de un documento Vaticano o una encíclica papal.

No hay que confundir el respeto del papa hacia el individuo homosexual con la aceptación de los actos homosexuales. Actos que son, según la doctrina vigente de la Iglesia católica, una perversión y una aberración. Todavía para Roma la sodomía es un comportamiento condenable que deber ser suprimido, a pesar de ser una práctica común entre 1.500 especies de seres vivos.

Una retórica tan fuerte y negativa que hoy en día países como Polonia impulsan programas para reeducar a quienes ‘sufren’ de homosexualidad; una postura que respalda el Vaticano, a pesar de que solo contribuye a polarizar y a dividirnos más como sociedad.

Lo que está haciendo el papa no es apoyar a los homosexuales, sino algo muy diferente: continuar diciéndoles que pertenecen a otra clase de gente. Una gente digna de ser casada en notaría para resolver aspectos técnicos y legales —como el derecho a pensión para el sobreviviente o los derechos de repartición de bienes en situaciones de divorcio—, pero que en ningún caso equivale a unirse en sagrado matrimonio en una eucaristía bajo los ojos de Dios.

¿Así es que la Iglesia disfraza de avance lo que en el fondo es un profundo retroceso? ¿Recordándoles a los homosexuales que no pueden casarse dentro de un templo? ¿Que son menos dignos ante los ojos del Señor? ¿Un Dios cuyo amor es universal y para todos por igual? ¿Un amor que no debería diferenciar por raza, edad, estrato, sexo, religión ni orientación sexual? ¿Se está discriminando a los homosexuales y a millones de personas que optamos por no casarnos en un altar? ¿Somos seres de segunda ante los ojos de Dios?

Que el papa Francisco admita que la población LGBT tiene derecho a una unión civil no es ninguna revolución en sí misma. Revolucionario sería permitirles el matrimonio por la Iglesia católica, algo que ya permiten otras religiones desde hace tiempo atrás: cristianos, evangélicos, presbiterianos y otros credos más.

PAOLA OCHOA
En Twitter: @PaolaOchoaAmaya

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