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De salvador a sepulturero

De salvador a sepulturero

Efromovich y el fin de la vieja Avianca.

07 de noviembre 2021 , 09:26 p. m.

Dicen que el viento en contra impulsa. Y eso es lo que puede haberle pasado a Avianca, que por segunda vez en su historia se salvó de la bancarrota y emergió con nuevas alas. Con una sutil diferencia con la que no muchos contaban: que su tabla de salvación hace 17 años, Germán Efromovich, pasó ahora de salvador a sepulturero de la centenaria aerolínea colombiana.

Es muy probable que en la historia de los negocios nunca se haya perdido una empresa de manera más espectacular. Y también es muy probable que nunca un billonario haya perdido una partida de manera más dramática: de dueño mayoritario a dueño de nada, de presidente de la junta a hereje dentro de ella, de halcón empresarial a mal socio, de rey Midas a multiplicador de deudas, de señor de Avianca a siervo de un juez de bancarrotas en Nueva York.

Entrar por la puerta grande y salir por la puerta de atrás. Destino fatal para Efromovich, un boliviano que había hecho su fortuna en Brasil, donde tenía una pequeña aerolínea que consolidó tras la compra de Avianca y que lo catapultó como jugador de talla continental. Siempre con el traje de obrero dentro de ese gran teatro de fama global. A Efromovich lo vimos como maletero, auxiliar de vuelo, piloto aficionado, tripulante de cabina, contador, mensajero y hasta jefe de prensa de Avianca. Siempre fue exótico ver a un billonario dando profusamente declaraciones en los medios y sin pelos en la lengua.

Como exótico fue su enfrentamiento con su principal socio, Roberto Kriete, el empresario centroamericano dueño de Taca. Pelea con crispetas y espectadores desde todas las tribunas mediáticas. Y pulso que terminó bien para el salvadoreño, pero terriblemente mal para Efromovich, cuya mayoría accionaria acabó valiendo cero tras la orden del juez de bancarrotas de la Gran Manzana.

Orden que resultará también en una transformación radical para Avianca: de panameña a británica, de aerolínea clásica a compañía de bajo costo, de promotora de ascensos a sepulturera de clase ejecutiva, de sillas tradicionales a espaldares que no reclinan, de películas de estreno a cero entrenamiento, de cobijas a cuadros a tiritar de frío, de almohadas blancas a morirse de sueño, de servicio a bordo a entretener el hambre, de salas VIP a chichonera, de volar con altura a volar como sardinas enlatadas.

¿Y de tarifas altas a económicas? Eso está por verse… Pero lo mínimo que deberíamos exigir todos los colombianos es que el precio vaya de acuerdo con el servicio. Si muere la vieja Avianca, entonces que mueran con ella sus tarifas altas. La época dorada ya pasó. Esperemos a ver cómo resurge de las cenizas.

PAOLA OCHOA

(Lea todas las columnas de Paola Ochoa en EL TIEMPO, aquí).

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