Tasajera Ramsar 951

Tasajera Ramsar 951

Una comunidad desheredada hasta los tuétanos de las oportunidades de desarrollo y progreso.

16 de julio 2020 , 09:25 p. m.

El título de esta columna hace referencia al código que la Convención internacional Ramsar asignó para la Ciénaga Grande de Santa Marta en junio de 1998. Es una de las 2.391 reservas de la biosfera consideradas internacionalmente como prioritarias y muy importantes para la conservación del medioambiente del planeta por su riqueza en flora, fauna y condición geográfica.

En una orilla de este seleccionado lugar de nuestra geografía caribe está ubicada Tasajera. Mientras en otros países como Filipinas o Kenia las comunidades establecidas en sitios Ramsar hacen parte de la solución ambiental, social y económica, en Colombia hacen parte de un problema de grandes proporciones.

Para efectos de localización vamos a situarnos en un tramo de la carretera Ciénaga a Barranquilla. Es un estrecho corredor que técnicamente se denomina albufera, constituido por 5 kilómetros de longitud entre el puente de La Barra —donde el mar y la ciénaga se abrazan— y el peaje de Tasajera, a partir del cual comienza el parque nacional Isla de Salamanca, teniendo esa franja de ancho en promedio un kilómetro entre la playa y la orilla de la Ciénaga Grande.

En ese paraíso de tardes de embrujo están establecidas alrededor de 10.000 personas en tres asentamientos de vocación pesquera denominados Islas del Rosario, Palmira y Tasajera. La descripción de la extrema pobreza e inhumana condición de los habitantes en esa franja ya se ha hecho y se seguirá haciendo como una pesadilla sin fin. Además de no disponer de acueducto, alcantarillado, energía suficiente, centros de salud, planteles adecuados para la educación, que están sobrediagnosticados en viejos y nuevos planes de desarrollo, aún no son sino triste motivo de descripción porque las soluciones de cambio nunca llegan.

Tasajera salta a los medios a raíz del trágico suceso del accidente de un camión cisterna con 5.000 galones de gasolina donde 56 pobladores de la franja, en un absurdo intento de aprovechar el combustible gratis, son víctimas de una explosión que hasta la fecha cobra 34 fallecidos y 22 personas en estado crítico. No se dieron cuenta de que el tránsito de la vida a la muerte también es gratis. Creo que la tragedia hubiese sido peor si el combustible hubiera sido almacenado en las rústicas casas de Tasajera sin ningún tipo de seguridad y bajo irresponsable manipulación.

Pero esta dramática y nefasta circunstancia no solo produce una noticia, sino descubre el estado lamentable de una comunidad desheredada hasta los tuétanos de las oportunidades de desarrollo y progreso como seres humanos pertenecientes a una nación llamada Colombia y que atraviesan con frecuencia la débil y delgada línea roja entre la pobreza y la delincuencia.

Entonces, sin la abundante pesca artesanal de hasta hace dos décadas tanto en la ciénaga como en el litoral, el presente es sombrío y apabullante y el futuro no existe allí para acumular fuerzas de esperanza.

Curioso que en muchas paredes de casas de estos poblados, sean de madera o de ladrillo, abundan las propagandas políticas para Senado, Cámara, Asamblea, Concejo y Alcaldía en una infamante burla al concepto de democracia para el desarrollo.

¿Qué toca ahora? Primero, sensibilizar a todos los estamentos del Estado de una urgente intervención en esta franja albufera. Segundo, convocar una reunión ampliada para enfrentar colectivamente el problema. Tercero, conformar un equipo multidisciplinario e interagencial que estudie, diseñe y planee un proyecto socioeconómico y ambiental, entre el cuales no se puede descartar la reubicación productiva de estas comunidades a lugares habitables y con todos los servicios públicos. Cuarto, crear una corporación mixta que ejecute con recursos suficientes los planes identificados en conjunto.

Cualquiera puede decir que lo anterior ya se hizo. Pero la verdad única es que hoy no hay nada. Los habitantes de esta franja, que actualmente es una ignominia, merecen una segunda oportunidad sobre la tierra. Amanecerá y veremos.

Carlos Julio Bonett Locarno

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