La batalla de Boyacá

La batalla de Boyacá

Mucho se ha discutido si Bolívar alcanzó a estar en la refriega.

07 de agosto 2019 , 10:04 p.m.

* Columna de Fabio Gerardo Ramírez Alonso.

La de Boyacá no fue una batalla en el exacto sentido de la palabra sino una masacre en el enfrentamiento de entre dos o tres mil españoles contra igual número de neogranadinos. En ella. los hispanos tuvieron más de trescientos muertos y centenares de heridos, y los neogranadinos diez bajas y algunas decenas de heridos.

¿A qué se debió esa diferencia? Siendo los hispanos más acuerpados –además de ser duchos en el manejo de armas de fuego y esgrima–, mejor alimentados, exentos de enfermedades tropicales como malaria o fiebre amarilla, adolecían de anemia y amibas que no tenían los criollos comenzando por Bolívar.

O sea que la hazaña de los patriotas podría equipararse a la de los trescientos de Leónidas en las Termópilas, pero con mejor resultado.

Quince días antes de la de Boyacá hubo una batalla entre los mismos ejércitos en iguales condiciones de armamento en el Pantano de Vargas y con resultado incierto. De parte y parte, más de trescientos muertos y heridos por bando. Habían batallado todo el día y se retiraron cuando caían las sombras de la noche. Los españoles decían que habían ganado y los criollos, lo mismo.

Pero al puente de Boyacá llegaron unos trescientos macheteros de Socorro, Pinchote, Charalá y poblaciones vecinas por Santander, y la heroína Antonia Santos, acción que le valió ser fusilada por orden del gobernador de Socorro, Fominaya, 15 días antes de la batalla de Boyacá.

Esos trescientos santandereanos armados de afiladas peinillas marcaron la diferencia. Un combatiente que recibe un machetazo en un brazo, o en una pierna, y no se diga en la cabeza, pasa instintivamente a atender su herida y se entrega. Los hispanos ya habían tenido un problema parecido en la batalla de Lepanto, donde los islámicos les habían causado mucho daño con sus cimitarras, entre ellos al Manco de Lepanto, Miguel de Cervantes Saavedra. Pero la cimitarra es ancha y pesada, mientras que el machete, más cortante, contundente y fácil de manejar. Eso hizo que en Boyacá, 300 españoles huyeran despavoridos, trescientos comandados por el coronel Jiménez se entregaran y solamente los trescientos hombres al mando del terco y presuntuoso chapetón Miguel Tolrá se hicieran masacrar en unos minutos.

Parece mentira que en doscientos años de historia, nuestros cronistas no hayan ahondado sobre una cuestión tan importante. Los protagonistas no dejaron relato fidedigno sobre el desarrollo de la batalla, salvo la declaración de Villate y el parte de guerra presentado a Bolívar. Por eso no se puede establecer el desarrollo de la contienda.

Algunos autores se atreven a decir que Jiménez cargó por allí, Santander por allá, que Bolívar por el centro como si los hubieran visto actuar. Este, a duras penas, alcanzó a divisar desde el promontorio en donde hoy se yergue su estatua, el final de la contienda sin actuar personalmente.

Lo cierto es que el clímax de la contienda se desarrolló en la explanada del puente, donde no caben sino un par de centenares de combatientes, y en donde el batallón Socorro, dirigido por Santander, definió la batalla a machetazo limpio.

Mucho se ha discutido si Bolívar alcanzó a estar en la refriega: Villate, quien sí peleó allí, dice que no. Declaró que Bolívar llegó tarde y la victoria se debió, no a la estrategia de don Simón, sino a la heroica actuación de los macheteros.

En 1969, en el sesquicentenario de la batalla de Boyacá, estábamos en Tunja adelantando una investigación de la Procuraduría General de la Nación y tuvimos ocasión de observar un simulacro de esa gesta: una farsa que no retrató su realidad. Allí no se vieron machetes ni nada parecido. Y es que un simulacro de esa heroica acción no se puede hacer por la sencilla razón de que ningún actor se presta a representar a un español recibiendo machetazos…

En esa época, el Socorro era el más grande centro industrial del país: multitud de fabriquines de mantas, ruanas, ropa, herramientas y muchos hornos de fundición que lanzaban al aire su humo de carbón mineral y vegetal.

En mi casa guardo con orgullo una plancha de carbón para alisar ropa que fabricó mi padre en su taller de fundición.

Por aquella razón, el célebre explorador teutón Alejandro von Humboldt apellidó al Socorro el Manchester del Nuevo Reino.

FABIO GERARDO RAMÍREZ ALONSO

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