Instrucciones para no ser esnob

Instrucciones para no ser esnob

No hay que excluir socialmente a otras personas por no tener conocimientos culturales específicos.

27 de octubre 2020 , 09:25 p. m.

Durante los años 20, en un exclusivo salón del centro de Londres, se reunía con frecuencia un grupo de intelectuales —con miembros de la talla de Virginia Woolf, E. M. Forster y el economista John Maynard Keynes— a leer ensayos, hablar sobre política y a confesarse secretos reprochables para la sociedad de la época. En una ocasión, por ejemplo, Keynes y Forster confesaron su homosexualidad, a lo que Virginia Woolf respondió alegando que era culpable de un pecado mucho peor, y dijo: “Soy una esnob”.

Antes del siglo XIX, la palabra esnob era, para los anglosajones, un sinónimo de zapatero, y fue el novelista W. M. Thackeray quien primero la utilizó para referirse a una posición social. Sin embargo, al principio, Thackeray definió a los esnobs como personas de clase baja que imitaban torpemente las costumbres de las élites inglesas. De manera que, originalmente, esnob era equivalente a vulgar. Una década más tarde, en su Libro de los esnobs, el mismo Thackeray, arrepentido, reversó la palabra argumentando que no había nada más vulgar que burlarse de las personas de clase baja por ser vulgares, y afirmó que, desde entonces, la palabra se dirigiría a aquellos que incurrieran en dicha bajeza.

Para el crítico literario Sean Latham hay dos aspectos fundamentales que componen la definición del esnobismo. Primero, el esnob es quien utiliza conocimientos culturales para convertirlos en beneficios sociales o económicos; por ejemplo, alguien que consigue un trabajo porque, al igual que su entrevistador, es un ‘cosmopolita’ versado en la arquitectura bizantina de la basílica de San Marcos y en el manejo cromático de las obras de Tiziano. Segundo, para Latham, el esnob cuenta con el potencial de convertir en estético lo no estético; es decir, otorgarles un valor artístico a objetos que fueron concebidos con fines estrictamente utilitarios. Referirse en términos estéticos a las fábricas, los barrios obreros o a un urinal —como lo hizo Duchamp— es, por lo tanto, una expresión de esnobismo.

Los conflictos que conlleva el volver artístico lo no artístico son mucho más nocivos de lo que parece. Por un lado, están los fenómenos de desplazamiento urbano como la gentrificación que resultan, en gran medida, del intento de personas de clase alta de buscar ‘autenticidad estética’ en los barrios de clase obrera. La autenticidad es, de hecho, el arma más letal del esnobismo. Al mismo tiempo, el esnob emplea el ‘talento’ de volver artístico lo no artístico para excluir a otros y adquirir, así, un estatus de exclusividad social. Vale la pena recordar, por ejemplo, una escena da la película Manhattan de Woody Allen en la cual el personaje del polémico director queda excluido de la conversación al no entender los complejos términos —como ‘perfectamente integrado’ o ‘capacidad negativa’— que el personaje de Diane Keaton utiliza para describir obras de arte. En definitiva, el esnob es quien trata de diferenciarse de las masas al exhibir conocimientos culturales sofisticados, exclusivos y excluyentes.

Con este perverso objetivo en mente, el esnob se dedica, sin descanso, a convertir nuevos y nuevos objetos no artísticos en artísticos. Y, claro está, cuando algo es aceptado como estético de manera masiva, el esnob inmediatamente lo rechaza y emprende la búsqueda de un nuevo objeto que mantenga su estatus de distinción social. De ahí, por ejemplo, el origen del arte kitsch, el cual exalta ‘el mal gusto’ y los objetos de la cultura ‘popular’.

Entonces, ¿qué hay que hacer para no ser esnob? Pues dejar los objetos que no tienen fines artísticos en su sitio, no pretender diferenciarse de las masas a través de conocimientos culturales y, sobre todo, nunca empezar un artículo citando a Virginia Woolf.

Santiago Vargas Acebedo@svargasyacebedo

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