En defensa de la competencia

En defensa de la competencia

La falta de competencia conduce a una mayor desigualdad en la distribución del ingreso y la riqueza.

11 de agosto 2020 , 09:25 p. m.

Uno de los fundamentos de la economía como disciplina desde su inicio en 1776 —con La riqueza de las naciones de Adam Smith— es el de las ventajas de la especialización en la producción y el intercambio de bienes y servicios en mercados libres de interferencia, tanto del Estado como de prácticas monopolísticas, ya que ambas reducen el bienestar de los consumidores y terminan empobreciendo a los países. Estos temas recurrentes en los análisis económicos durante casi 250 años ponen de presente cuán frágiles son los mercados competitivos o mercados libres, siendo más la excepción que la regla.

Un importante libro reciente del economista francés Thomas Philippon (The Great Reversal: How America Gave Up on Free Markets, Harvard University Press, 2019) examina rigurosamente el tema del aumento de la concentración en la mayoría de los mercados, con la consecuente pérdida de competencia, y el abandono por parte de las autoridades de los Estados Unidos de las mejores tradiciones del siglo XX en materia de sanciones contra los oligopolios y monopolios y su falta de interés por hacer cumplir y actualizar tanto la legislación como el marco institucional antitrust.

Para sorpresa de muchos lectores, hoy por hoy la Unión Europea le ha sacado ventaja a los Estados Unidos en materia de reducir la concentración y contener el pernicioso ‘lobbying’ a los legisladores y el financiamiento de las campañas políticas, así como la captura de los entes reguladores de la competencia.

Muchos teníamos la idea equivocada de que el país que realmente inventó la legislación antimonopolios (iniciada con el Sherman Act de 1890 y el Clayton Act de 1914) y la hizo cumplir hasta mediados de los años 1980 ha sido superado por la Unión Europea, a pesar de sus tradicionales instintos estatistas e intervencionistas del pasado. Philippon atribuye este cambio a la creación del mercado único y el establecimiento de reguladores realmente independientes adscritos a la Comisión Europea (DG Comp y su valiente comisionada para la Competencia, la danesa Margrethe Vestager), comparado con agencias desfinanciadas (FTC y FCC), adscritas a un Departamento de Justicia cada vez más politizado, sujetas a las presiones políticas del Congreso de los Estados Unidos y a merced de los ciclos electorales. Miremos brevemente la evidencia.

Philippon demuestra como muchos de los mercados (aéreo, salud, financiero, telecomunicaciones, etc.) en los Estados Unidos han sido dominados por oligopolios, forzando a los consumidores a pagar precios muy por encima de los que pagarían en mercados competitivos, y no por accidente, con mayores utilidades en las industrias más concentradas. Si bien admite que es difícil medir el grado de competencia, ya que solo existen indicadores imperfectos, la combinación de los índices de concentración y poder de mercado (medidos por el Índice Herfindahl - Hirschman, HHI, que no es más que la suma de las participaciones de las empresas en el mercado elevadas al cuadrado) junto con tasas de rentabilidad elevadas y sostenidas en el tiempo en dichas industrias, así como aumentos en las barreras de entrada a los mercados, permiten esbozar una explicación convincente.

Quizás el caso más escandaloso es el del transporte aéreo en los Estados Unidos, donde el HHI a nivel agregado más que se duplicó entre finales de los 1980 y 2012, siendo la concentración mucho mayor cuando se examinan rutas aéreas locales. Ello refleja las fusiones y aumento dramático en la concentración del sector en unas pocas empresas aéreas, con 4 empresas controlando 80 por ciento del mercado de transporte aéreo, acompañado de mayores precios por pasajero/kilómetro, peor servicio y rentas extraordinarias para los accionistas. Estos niveles de concentración no ocurrieron en la Unión Europea —hecho confirmado por los Índices de Regulación de los Mercados de Productos (PMR) de la OECD—, que miden las políticas que promueven o inhiben la competencia, en parte, porque los reguladores en el mercado común tenían mucho más independencia que sus contrapartes en los Estados Unidos, adscritos al Departamento de Justicia, con poco presupuesto y sujetos a toda clase de presiones políticas.

También queda claro que la falta de competencia resultante se debe a escogencias de política que favorecen a los oligopolistas, aprovechando la asimetría entre la concentración de las ganancias (rentas) en unos pocos y el reparto de los mayores precios y costos entre muchos consumidores poco informados, ya que los oligopolistas se encargan de que las tarifas y precios sean lo más opacos posible. Además de ‘desplumar’ a los consumidores, la creciente falta de competencia conduce a menores inversiones de las empresas, menor productividad y crecimiento, menores salarios para los trabajadores y, por supuesto, a una mayor desigualdad en la distribución del ingreso y la riqueza. No se necesita ser un ‘Chicago boy’ como economista para ver como los oligopolios y monopolios juegan un papel nefasto en mejorar la eficiencia, en castigar a los consumidores y, en general, en reducir la inversión, el crecimiento y la buena conducción de las economías.

En síntesis, este importante y riguroso libro demuestra los efectos nefastos del control oligopólico de los mercados y el hecho novedoso de que la política de fomento de la competencia en la Unión Europea ha sido más fuerte que la de los Estados Unidos, que pareciera haber abandonado algunas de las políticas más exitosas del siglo pasado. También el libro critica duramente a la profesión de los economistas “por su fracaso en estudiar y entender la creciente concentración de muchas de las industrias a la vista de todos”.

Fernando Montes Negret
Economista financiero

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