Eduardo Suescún Monroy

Eduardo Suescún Monroy

Sus actividades intelectuales fueron múltiples y destacadas como laboriosas y fecundas.

22 de noviembre 2019 , 07:05 p.m.

Por: Jorge Enrique Valencia M.*

Con profunda pena y aflicción registro el fallecimiento de mi querido y siempre recordado profesor de la Universidad Externado de Colombia, doctor Eduardo Suescún Monroy, un auténtico y convencido demócrata. Y no empecé las tristes y penosas dificultades por las que atravesamos mi esposa y mi familia a raíz de la muerte de nuestra querida y amada hija, la médica psiquiatra María Alejandra Valencia Rodríguez, lo que limita un poco nuestro esfuerzo, hemos de hablar de él.

Había nacido el jurista en la quietud y el sosiego de la bellísima población de El Cocuy, Boyacá, el 4 de abril de 1934 falleciendo en Bogotá el 7 de noviembre postrero. Bachiller del Colegio Mayor del Rosario (1951). Allí mismo inició su carrera de Abogacía. Se comprometió a luchar por el ingreso de la mujer en el claustro y por la creación de una facultad de Economía, ciencia que era considerada, sin ningún sentido, como “peligrosa y subversiva”.

Al salir del Colegio del Rosario algunos de sus profesores rosaristas que admiraban la integridad y las capacidades de su discípulo, le consiguieron un cupo en la Universidad Nacional de Colombia. Era la época de la dictadura de Rojas Pinilla y posterior a los sucesos de la masacre estudiantil del 8 y 9 de junio de 1954 fue expulsado —para satisfacción de sus ideales— de la Nacional. Acto seguido fue llamado por el rector Ricardo Hinestrosa Daza para ingresar al hogar liberal del Externado de Colombia con todas las libertades habidas y por haber, como algunos de sus contemporáneos lo saben bien, y que yo tengo en mucho.

Se graduó el 23 de octubre de 1958. Su trabajo de grado, excelente y recomendable por sus huellas luminosas y sus planteos siempre heterodoxos y bien vistos, versó sobre lo que ha sido la universidad colombiana —proceso histórico y jurídico—, desde sus inicios hasta 1958, y la forma como deberían cursarse los estudios superiores libres, la lucha de la juventud en todos los tiempos por conseguir una universidad científica, autónoma, pública y democrática, libre de todo acartonamiento y atraso. Estudio crítico y severo, donde censura, no podría faltar, el paso regresivo de la designación de un rector militar en la Universidad del Estado en aquellas horas. En el acto académico de grado lo examinaron los doctores Gonzalo Vargas Rubiano, Luis Alberto Bravo y Rafael Poveda Alfonso. Presidente de la misma, lo fue el doctor Fernando Hinestrosa Forero.

Y como yo vivo más en el pasado que en el presente, pongo punto aparte para decir, llevando la cuestión en cuestión, que en sus años mozos desafió, como en un lance de honor —porque todo en él era médula y nervio, corazón y temperamento—, la estancada y bien compleja situación social del medio para decir verdades y certezas, esbozando los principios y reglas inquebrantables de su conducta en contra prácticamente de todos. El drama íntimo tuvo sus consecuencias naturales, pero nos enseñó, con esmero y emancipación, a vencerlas. Lo que se mira con gran contento.

Sus actividades intelectuales, académicas y docentes fueron múltiples y destacadas como laboriosas y fecundas, emproadas siempre, en una ojeada rápida, pero fiel hacia la cultura y la salvaguardia de la moral pública, la igualdad entre los hombres, el respeto a la ley, el rechazo a la discriminación, el abrigo a los marginados sociales, la construcción de una sociedad sin clases, y dando de codo, y con el repudio del caso, a las dinastías políticas que, para decirlo sutilmente, y en voz baja, siempre usufructúan el poder, además de otros varios asuntos de ayer que son para más despacio y que no puedo inventariar ahora, pero que rabiosamente subsisten al día de hoy, sin cambio de orientación y encausamiento. Es hora de decir que en nuestra patria, la historia y los años siguen a obscuras, o por mejor, anarquizados o perdidos, sin esperanza ninguna, llevándonos a caminar por donde nos llevan. ¡No podemos estar mejor!. A imitación suya, y sin quitarme de adelante, así veo yo las cosas.

Ocupó los cargos, entre muchos otros, de juez municipal en Tunja y Guateque (1957), juez laboral del Circuito de Bogotá (1962-1965), magistrado del Consejo de Estado (1980-1986), ministro de Justicia (1986-1987), embajador de Colombia en Suiza (1987-1988), embajador de Colombia en Hungría (1988-1991) y cónsul en Marsella (Francia), puestos y empleos en donde brilló con luz propia. La luz del espíritu cultivado, como su misma existencia. Con las galas de la ciencia y el saber, profesor de Derecho de Trabajo en el Externado de Colombia (1963-1972), de posgrado en Derecho Colectivo del Trabajo y Administrativo del Trabajo del Colegio Mayor Nuestra Señora del Rosario (1975-1985) y en Derecho Administrativo en la Universidad Nueva Granada (1993-1995).

Por ser dueño de sus acciones, la frase es buena, batallador y aguerrido defendió cien por cien con sus persuasiones y posiciones ideológicas, que por doquiera, y a su modo, bullían en su mente, con la libertad y las convicciones que atesoraba su espíritu y que nunca se extraviaron. Su lealtad está intacta. Para destacarlo.

A mi ver, este hombre inteligente y harto bien independiente nos enseñó muchas lecciones, con la praxis incluida, acerca de las instituciones del derecho del trabajo, la protección y avance de los derechos laborables, el justo salario vital, y asimismo, la participación de los trabajadores en las ganancias de la empresa, que es decir mucho, porque sus motivaciones caen en buena tierra, y de cierto punto, todo se junta y se reúne, para sentir y vivir el derecho y la juridicidad. A todo daba su lugar.

Con gratitud altísima, sus discípulos, y quien esto escribe en particular, lo evocamos, no solo por habernos trasmitido con su claro talento y erudición sus conocimientos y experiencias concretas y reales, sino porque siempre fue un maestro del mayor empeño, un jurisconsulto puntualmente acreditado, a más de un caballero de día y de noche que oía y respetaba las opiniones ajenas, como si fueran las suyas propias, y por qué no decirlo, un bedel mayor de nuestra Universidad del Externado de Colombia. Es el buen uso de la vida.

La misión que se propuso nuestro gran preceptor, con su buen decir y ejemplo, ha concluido terrenalmente con el respeto y la admiración de todos los que lo conocimos y tratamos, que también nosotros nos vamos acercando al drama final de la vida, que es la regla suprema de las cosas humanas.

A su viuda, la señora Olga Benavides de Suescún y a sus hijas, María Olga, María Claudia y Marcela, nuestra sentida voz de condolencia.

Que Dios y el Supremo Arquitecto del Universo lo acojan en su seno.

* Exmagistrado y expresidente de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia (1988-1995).

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