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¿Por qué los 'likes' alimentan el alma?

¿Por qué los 'likes' alimentan el alma?

Cada 'like' en una red social produce una inyección de dopamina que se convierte en alegría pasajera

26 de febrero 2021 , 09:25 p. m.

“Pedro y yo probablemente grabaremos uno de los videos más peligrosos que existen, fue su idea, no la mía”: @monalisaperez5

Muchos años me tomó entender, y sobre todo aceptar, que varias decisiones que tomé en la vida, que creí auténticas y propias, habían sido influenciadas por las personas que me rodeaban. Algunas incluso cambiaron el rumbo de mi vida para siempre, como por ejemplo: qué profesión escoger.

A todos nos gusta pensar que vivimos libres de la influencia de los demás. Cuando vemos a los youtubers, por ejemplo, buscando likes, esa ansia de aprobación nos hace reír. Ellos parecen representar al límite ese sentimiento infantil que alguna vez tuvimos “por favor, dime que te gusta lo que hago”, “por favor, dime que me apruebas”.

Aunque parezcan, estas celebridades de internet no son desocupadas o vagas, muchos de los temas que abordan podrán ser banales, pero no es gente sin oficio. Son parte de la industria del entretenimiento y viven ocupados produciendo mucho contenido, porque internet aguanta todo, menos el silencio. Entre esos contenidos están los retos.

Mars Aguirre es una youtuber mexicana que se hizo famosa a los 16 años, cuando anunció, en uno de sus videos, que dejaría el colegio y explicó sus motivos argumentando, con profundidad, lo retrógrado e inútil que resulta actualmente el sistema educativo. Meses después volvió a ser viral, al publicar un video en el que casi se ahoga, haciendo el reto del condón.

No debería uno ir por el mundo sin saber qué es el reto del condón. La cosa es así: un ser humano enciende la cámara para grabar, luego saca un condón, y en lugar de usarlo para lo que fue creado, se lo mete por una fosa nasal, se tapa entonces la otra e inhala profundamente. El condón empieza a pasar por la garganta, mientras nuestro influencer lo jala lentamente para sacarlo, poco a poco por la boca, hasta liberarlo entero.

Es un proceso profundamente doloroso para esta estrella digital, implica grave peligro de asfixia y es muy repugnante para quien lo ve. La recompensa llega en forma de likes y montones de comentarios.

¿Por qué correr el riesgo de asfixiarse por la atención de los demás? Émile Durkheim, que en paz descanse, fue un sociólogo francés que acuñó una expresión mágica: hecho social. Él decía que la sociedad tiene más fuerza que la individualidad de cualquier persona. Según Durkheim, todo es un hecho social. A la larga, explicaba, nuestra individualidad se nos escapa entre el deseo y la obligación de ser parte del todo. Queramos o no, la sociedad ejerce un poder coercitivo sobre nosotros.

Los que no somos youtubers pensamos con frecuencia que estamos por encima de esas lógicas insustanciales, como si el mundo se dividiera entre aquellos que necesitan de la aprobación de los demás, y aquellos que no.

No hay nada que hacer, Durkheim tenía razón, no es que no exista la individualidad, es que nuestra propia singularidad tiene un origen social, colectivo. Somos animales absolutamente gregarios, por eso aunque enviemos sondas a Marte, cada simple like en una red social nos produce una inyección de dopamina que se convierte en alegría pasajera.

Y sí es cierto que algunos youtubers, instagramers o tiktokers viven completamente de la monetización de sus contenidos, pero no es el caso de la mayoría. Y mientras llegan a ese punto, muchos se amañan, alimentados solamente por los likes y la ilusión de la aprobación de desconocidos.

Algunos han muerto buscando el atajo para llegar más rápido al reconocimiento. En 2017, en Minnesota (Estados Unidos) Monalisa Pérez, de 19, y su novio, Pedro Ruiz, de 22, arriesgaron sus vidas en un desafío en video a cambio de likes. Ella le disparó a 30 centímetros con un revólver semiautomático, mientras él sostenía en su pecho una gruesa enciclopedia, que supuestamente detendría la bala. Él murió inmediatamente, ella fue sentenciada a seis meses de cárcel y su hija en común, de tres años, vio todo. Monalisa escribió el trino que abre esta columna.

Yo también me sentí abrumada y ubicada a años luz de esa realidad cuando leí esa noticia, hasta que empecé a reconocer en mi propia vida decisiones, no tan irresponsables seguramente, pero sí guiadas por un fantasma de los demás, un fantasma del que a todos nos cuenta despojarnos.

Carolina Avendaño @carolinap500p

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