Soñar cuesta mucho

Soñar cuesta mucho

¿De qué tamaño serán los sueños en educación que definamos para el país en los próximos 4 años?

07 de noviembre 2018 , 11:30 p.m.

Formular un plan de desarrollo, como ahora lo está haciendo el Gobierno, es soñar. Esopo imaginó a una zorra que quiere alcanzar un racimo de uvas que está muy alto. Al no poderlo coger, se aleja diciendo “esas uvas no estaban maduras”. La fábula nos explica cómo, cuando no podemos alcanzar algo (o creemos que no podemos), ajustamos nuestras expectativas a las circunstancias (o a la percepción de las circunstancias que tengamos), y negamos nuestros anhelos para no vivir el dolor de la frustración. ¿De qué tamaño serán los sueños en educación que terminaremos por definir para el país en los próximos cuatro años?

En Colombia han sido raras las ocasiones en que nuestros planes de desarrollo, o mejor dicho, los políticos y tecnócratas que los han concebido, han albergado ideas grandes para la educación. Como las uvas les parecen lejanas, nos dicen que están verdes, que es mejor conformarse con otras cosas más “realistas”. Por eso los poderosos viven despachando con eslóganes que maquillan la realidad la idea de una educación buena para todo el mundo. Afirman que vamos por el mejor de los caminos mientras renunciamos a las uvas maduras.

Y lo grave es que muchísima gente adapta sus expectativas a esos niveles de voluntad política de corta mira. Y es común que las familias y los jóvenes, sencillamente dejen de soñar. O comiencen a tener sueños pequeñitos. O sueños egoístas: mediocres en lo individual y nulos en lo colectivo.

Pero no toda la gente deja que sus ideales mueran. Aquellas familias, comunidades y docentes que contra todos los pronósticos deciden sacar adelante a sus pelaos, emocionan. Y cuando se cruzan en un territorio esas personas de la base con gobernantes que saben que la buena educación es poderosa, y quieren darle poder a la gente, salen planes de desarrollo, planes territoriales, ¡y presupuestos!, que invierten en educación el doble que otros territorios, que no dejan pasar bonanzas económicas sin aprovecharlas para aumentar radicalmente la parte de los ingresos estatales destinada a generar capacidades humanas. Y se igualan el acceso y los resultados de las zonas rurales y urbanas, se achican las desigualdades entre lo público y lo privado, se apoya a los maestros para que vayan a las mejores universidades y sean admirados sobre cualquier otro profesional, y se deja que los pobres estudien lo que quieran y no solo lo que el mercado laboral disponga.

El poder de la cultura dominante, que por estos tiempos es la cultura del consumo, hace que la gente no vea la opresión del estado de cosas en el que habita.


Muchos países del mundo, sus gobernantes y sus sociedades han hecho apuestas de cambio ambiciosas en educación, han albergado sueños grandes… y han conseguido cosas grandes. Y esos casos se han visto en Colombia en territorios (tres o cuatro municipios y departamentos durante unos pocos años), pero no en el país. Ningún plan nacional de desarrollo desde que tengo memoria ha apostado a algo distinto a un mejoramiento de la cobertura a ritmo desigual y a un cambio pobre de la calidad. Y no es un asunto de los ministros o viceministros de educación. A ellos les dan un margen de maniobra que no llega a las uvas altas. Es un asunto de los proyectos políticos; es decir, de lo que piensan quienes quieren gobernar y del respaldo que reciben de la sociedad.

Ya en otra columna (Uvas y expectativas) me referí al mismo asunto. Allí explico cómo Amartya Sen y Jon Elster, dos filósofos contemporáneos, al reflexionar sobre el punto de las preferencias adaptativas y demostrar que en condiciones de privación la gente aspira a poco, nos recuerdan la profundidad de la idea de la zorra de Esopo. Por eso llegaron a explicar que el bienestar de las personas, si aspiramos a una sociedad de seres libres, no puede ser solamente subjetivo. Esa idea de que cada quien verá lo que quiere, sabe lo que le conviene y así es feliz (que es la idea utilitarista en el corazón del pensamiento neoliberal), no conduce a sociedades decentes. Y por eso Sen y su aliada Martha Nussbaum nos han dejado ver que una sociedad verdaderamente humana necesita seres con proyectos de vida sólidos, con circunstancias objetivas para realizarlos y con capacidad de agencia (que quieran hacer grandes cambios). Y otros pensadores, como Steven Lukes y Louis Althusser, nos han explicado que el poder de la cultura dominante, que por estos tiempos es la cultura del consumo, hace que la gente no vea la opresión del estado de cosas en el que habita.

Que el poder cultural dominante, utilitarista, centralista, que no ve en el conocimiento la fuente esencial de progreso social, e indiferente ante las desigualdades profundas, siga imprimiendo su sello en el plan de desarrollo de los próximos años sería lógico. Hay varios indicadores para evaluarlo. En las próximas semanas estaré adelantando ese análisis y me atendré al más aceptado internacionalmente de esos indicadores: juzgaré por el monto de las inversiones que defina el plan nacional de desarrollo, por cuánto representen como porcentaje del PIB proyectado y por cuánto de ellas se destinará a los pobres del mundo rural y de las barriadas urbanas marginales.

* Coordinador Nacional Educapaz
@OscarG_Sanchez

Columnistas

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