Ser Pilo Paga, crónica de una muerte anunciada

Ser Pilo Paga, crónica de una muerte anunciada

¿Qué se pudo hacer (y tal vez se puede) para que un fondo de becas de excelencia hubiera prosperado?

13 de septiembre 2018 , 12:00 a.m.

La ministra de Educación, María Victoria Angulo, ha anunciado el fin del programa Ser Pilo Paga –SPP–. Algo que se veía venir. Como no hay espacio fiscal –o voluntad– para aumentar el gasto y financiar un mecanismo sólido de acceso a la educación superior para la población pobre, se opta por sacrificar la más impopular de las opciones que en los últimos años han apuntado a ese objetivo. Con los ahorros no se va a cubrir el déficit de las universidades públicas, mantener el Icetex en su porción subsidiada, llevar el Sena al mundo rural o ampliar la matrícula que hace falta en el país.

Con esta decisión se liberará una parte muy pequeña de lo que el país necesita invertir en educación superior. Son 200.000 millones que se ahorrarán este año y 800.000 millones al final del gobierno, cuando se cumplan cuatro años de reducción gradual de SPP y terminen sus carreras los estudiantes que las acaban de comenzar. Las necesidades son más de veinte veces esa plata. Pero el Gobierno gana un respiro político.

Cuando la ministra de Educación Gina Parody y su asesor Roberto Zarama propusieron hace cuatro años un programa de becas para estudiantes pobres destacados, sin que la iniciativa tuviera todavía nombre, nos contaron el diseño inicial a un grupo de personas. Yo era entonces secretario de Educación en Bogotá y manejaba un fondo de excelencia para bachilleres con 10 años de aprendizajes, creado por el Concejo de la ciudad. Así que junto con algunos participantes les hicimos algunas consideraciones para mejorar la iniciativa, que fueron ignoradas.

Luego, un año más tarde, con el programa ya en marcha, hicimos una propuesta para modificarlo junto con Alfonso Reyes, entonces rector de la Universidad de Ibagué. La viceministra de entonces dijo que haría un piloto, pero no pasó nada, e imagino que fue una vez más porque Zarama y Gina no aceptaron.

Ahora no hay más remedio que eliminar el policlasismo en las universidades de élite, principal virtud de este programa. ¿Qué se pudo hacer (y tal vez se puede) para que un fondo de becas de excelencia hubiera prosperado?

Si ambas cosas, política general de acceso y becas, fueran juntas, ambas serían bien recibidas.

En primer lugar, contar con una política general de acceso a la educación superior de calidad de los pobres que tienen el derecho y las ganas de estudiar hasta donde sus capacidades se lo permitan. Mientras 10.000 estudiantes por año que de todos modos habrían ingresado a universidades públicas accedían a SPP para ir a buenas universidades privadas, se aplazaba la necesidad de duplicar la oferta actual para atender al menos a 200.000 bachilleres que cada año se quedan por fuera de la educación superior. Esa forma de discriminación, aunque premie el talento, es inaceptable. Pero si ambas cosas, política general de acceso y becas, fueran juntas, ambas serían bien recibidas.

En segundo lugar, un fondo de becas nacional tendría que haber entendido que muchos talentos en zonas rurales o con familias muy precarizadas se quedaban por fuera con un diseño como el de SPP, porque no reconocía su desventaja. Para pensar esas diferencias, los egresados de colegios rurales deberían tener unos cupos garantizados y el talento académico debería ser premiado sin excluir otros méritos, como artísticos, de liderazgo social, etc.

También se requerirían más flexibilidad académica, creatividad financiera y corresponsabilidad de los actores para hacer solidario el mecanismo. Por ejemplo, un sistema de convalidación y transferencia de estudiantes haría que la mayoría de los estudiantes pobres pudieran tener articulación entre educación media y superior (avanzar en la universidad desde el colegio), para pasar luego unos al Sena y otros, a buenas universidades y Ceres sin abandonar el territorio ya con la carrera comenzada al terminar bachillerato.

Y luego, a medida que fueran avanzando, podrían terminar muchos en las mejores universidades de sus provincias y algunos en las grandes universidades públicas y privadas de las principales ciudades (o incluso del exterior). Al final, todos deberían hacer semestres sociales en sus territorios de origen. Así, con la misma plata, se graduarían el triple de estudiantes con el mismo nivel e incluso en las mismas universidades de SPP sin desarraigar a los chicos de sus regiones.

Todos deberían hacer semestres sociales en sus territorios de origen, así con la misma plata, se graduarían el triple de estudiantes con el mismo nivel e incluso en las mismas universidades de SPP.

Por último, con el fondo de becas se podría pagar el sostenimiento de los estudiantes de últimos semestres en universidades públicas y privadas acreditadas, una vez el sistema de transferencia los lleve allí, y las empresas privadas o personas particulares pudientes deberían reunirse para cubrir buena parte de las matrículas en universidades privadas, y el Estado cubrir los costos de expansión de matrícula en las públicas.

Como esas iniciativas no fueron atendidas oportunamente, hoy es indefendible que los pobres vayan con becas estatales a las buenas universidades privadas. Y seguirá siéndolo mientras no se resuelvan crisis como la de acceso general, o la de financiamiento de las universidades públicas. Pero es cierto que al eliminar el programa los pobres con más mérito volverán a estar por fuera de los lugares donde se forma la mayoría de la clase dirigente. Una pérdida.

La culpa de esa pérdida no es de la existencia de un fondo de becas con recursos públicos, ni mucho menos de los chicos que optan por una u otra universidad. Tampoco es de quienes sacan provecho político de lo odioso que SPP se volvió. La culpa es de quienes hicieron un diseño simplón del programa, quitándoles los mejores estudiantes a las universidades públicas para llevarlos a privadas, desarraigándolos de sus regiones y discriminando a muchos chicos de todo el país.

Por eso es un programa que corrió la suerte que se les advirtió que correría a personas con poder que no conocían la realidad del país, y aunque tuvieran buenas intenciones nunca quisieron escuchar las propuestas que recibieron para mejorar su criatura.

ÓSCAR SÁNCHEZ
*Coordinador Nacional Educapaz

Columnistas

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