Celulares en la escuela

Celulares en la escuela

La prohibición es un modelo pedagógico ya obsoleto hace 100 años, y que ahora se ha vuelto imposible

30 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

Con mucha publicidad se ha recibido un proyecto de ley simplón que busca prohibirles a niños, jóvenes ¡y maestros! el uso de teléfonos celulares en todos los colegios hasta el grado noveno. El principal impacto de la norma planteada sería dificultar el uso pedagógico de los celulares para la creación artística, buscar información y hacer investigación; para la producción de herramientas de video, radio y prensa escolar; para el intercambio de experiencias entre estudiantes, docentes y expertos que viven y trabajan alrededor del mundo.

Mientras que lo positivo se complicaría, las situaciones de conflicto por un manejo inapropiado de la tecnología, como el acoso escolar cibernético, el uso trivial de las redes sociales o el consumo de pornografía, no solo se mantendrían, sino que corregirlas se volvería más difícil. Hoy, los colegios tienen normas relacionadas con el uso de computadores, tabletas y celulares, y los que mejor diseñan y aplican esos reglamentos lo hacen por medio de la educación para el pensamiento crítico, apostando por la libertad responsable, la negociación cotidiana de normas y la solución de conflictos con enfoque pedagógico y restaurativo. Así generan aprendizaje y prevención para la sociedad digital.

El congresista que propone la norma sigue pensando que los niños aprenden si se concentran y oyen callados a un maestro que ofrece información en un tablero. Un modelo pedagógico que ya era obsoleto hace 100 años y ahora se ha vuelto imposible. Tampoco parece haberse enterado de que las tabletas y computadoras con las que se dotan hoy las escuelas son idénticas a los celulares inteligentes. Ni sabe que los celulares de los profesores son uno de los principales medios para suplir la falta de internet en las escuelas.

El uso trivial de las redes sociales o el consumo de pornografía, no solo se mantendrían, sino que corregirlas se volvería más difícil.

En educación es frecuente el populismo satanizador. Cuando los papás tienen miedo, los políticos huelen votos. Pero entre más medidas para regular asuntos complejos con un par de artículos en una norma igualita para todo un país se saquen, menos herramientas reales para su trabajo tendrán los docentes y comunidades educativas. Quitarles autonomía a las escuelas y educadores es inconveniente, y la cultura digital es una realidad que exige estrategias educativas creativas y estructuradas.

Claro que la tecnología entraña riesgos. Y es necesario un uso limitado y orientado de las pantallas para los chicos, o se harán esclavos de ellas. Pero sería más inteligente entender que ya todos somos esclavos de una nueva forma de dominación en la cultura y la economía digital. Pero que esa cultura y esa economía son un hecho. Un dato, digamos. Algo que, para bien y para mal, no podemos evitar. Y, por lo tanto, la pregunta sobre la educación digital no es si se requiere o no, sino para qué y cómo.

Y entre los cómos, son preguntas legítimas hasta dónde usar los celulares en los colegios, si los padres deben proporcionarles equipos a sus hijos, si los maestros deben usarlos como herramienta de trabajo, y cuándo usar en los colegios, en la calle y en las casas teléfonos, tabletas, computadores portátiles, de escritorio, pantallas para trabajo grupal, tableros digitales, kits de robótica, cámaras, grabadoras y conexiones de cable o inalámbricas; en cuáles dispositivos se permiten las redes sociales y otros elementos digitales como acceso a YouTube o Wikipedia, si los videojuegos deben ser aceptados, e incluso si el ‘software’ educativo, por llamarse así, es automáticamente bueno (muchas veces, el acceso libre a cualquier cosa, bien manejado por un docente, puede ser mejor que los materiales preparados por la industria informática). Pero esas inquietudes las pueden resolver mejor familias, docentes y jóvenes dialogando y con directrices expertas, sin que el populismo meta su mano donde no cabe.

Quitarles autonomía a las escuelas y educadores es inconveniente, y la cultura digital es una realidad que exige estrategias educativas creativas y estructuradas.

Hace unos días le pregunté a un amigo que trabaja para el centro de estudios sobre internet y sociedad de la Universidad de Harvard si seríamos más libres con la nueva tecnología del futuro. Y su respuesta fue contundente: ¡no!, al contrario, ya perdimos la privacidad, y cada vez perderemos más oportunidades para ser y hacer cada quien lo que quiera. Pero enseguida aclara que por eso hay que hacer que los chicos entiendan y dominen las máquinas: es el único camino para ser menos dominados en un mundo de computadores.

Le conté a Felipe, mi hijo de cinco años, mi conversación con mi amigo. Mi hijo me dijo, “sí, vamos a ser menos libres y menos felices porque somos obsesivos con las pantallas y porque no se pueden llevar a todas partes, ni menos al colegio”. Doble problema: a los cinco, uno ya entiende que pierde libertad por tener algo de lo que depende, y pierde libertad cuando le prohíben usarlo.

Reiterando una de mis primaras columnas para El Tiempo (https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/oscar-sanchez/pedagogia-cultura-digital-y-herramientas-tecnologicas-oscar-sanchez-columna-el-tiempo-53079), hay que decir que negar el poder de la tecnología, asustados frente a una cultura digital dominante, es tan malo como dejarse llevar por empresas que por interés comercial hacen que la tecnología se imponga a la pedagogía. Ambos extremos olvidan que la pedagogía es una ciencia/arte que vincula seres humanos, en la que es insustituible la guía de un maestro y la continuidad de un proceso deliberado.

El camino es identificar las infinitas ideas de los niños y maestros que quieren entender y cambiar la realidad social, crear medios de comunicación comunitaria, hacer cosas útiles con las máquinas de este tiempo, incluyendo los celulares. Algo que en el mundo está ampliamente estudiado y se practica con gran acierto en muchas escuelas colombianas, aunque el proponente de la ley en cuestión no lo sepa.

ÓSCAR SÁNCHEZ
* Coordinador nacional Educapaz

Columnistas

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