El riesgo de ser profesor

El riesgo de ser profesor

Es sano decirle al Gobierno que si muere un profe, muere la esperanza de paz.

26 de julio 2018 , 12:00 a.m.

Ayer fue el entierro de Maryen Guzmán, profesora y líder social en Santa Rosa de Cabal, Risaralda, asesinada. Y ayer fue el paro del magisterio, uno de cuyos objetivos era protestar por la violencia contra los educadores. Y mientras comenzaba el paro y velaban a Mayren, fue asesinado Luis Gabriel Gómez, rector del colegio Bajo Lorenzo de Puerto Asís, Putumayo. De acuerdo con el Comité de Derechos Humanos de Fecode, 1.075 docentes han sido asesinados en los últimos 40 años, y más de 6.000 han recibido amenazas de muerte.

En una grabación reciente publicada por los medios de comunicación, una maestra y líder política de San Pablo, Bolívar, recibe una amenaza aterradora. Quien la llamó le dijo: “entonces señora Deyanira Ballestas, usted se tiene que ir de la región o la asesino, usted sabe que nosotros asesinamos a quien nos dé la gana”. Y se tuvo que ir. Y las autoridades, incluyendo al gobernador del departamento y a los organismos de seguridad, atendiendo el mensaje que el Ministro de Defensa ha establecido como línea oficial, dijeron que tenían que determinar si los motivos eran personales, y que en el sur de Bolívar no hay paramilitares, es decir, comenzaron por desacreditar a la víctima.

El asesinato es la expresión más clara de la barbarie. Y la amenaza de muerte, la encarnación del miedo. Miedo y barbarie que reflejan una humanidad precaria que está en nuestra cultura y que le queda grande a nuestro Estado discriminador e indolente. Claro, no es una realidad exclusiva de los maestros. En Colombia han/hemos sido víctimas educadores, campesinos, niños y niñas, ciudadanos urbanos a los que les cayó una bomba o que los mataron porque no querían entregar el celular, borrachos armados, mujeres víctimas de abuso por sus parejas, indígenas, reclusos, pequeños propietarios, pandilleros, algunos ricos y personas de la clase media y muchos pobres, muchos uniformados y sobre todo civiles. Trescientos mil seres humanos asesinados por las bandas sectarias liberales y conservadoras de hace algunas décadas, por delincuentes, por combatientes regulares y por los guerreros sin honra de nuestros tiempos, mezcla de mafias narcotraficantes enquistadas en el Estado y derechas e izquierdas matonas. Más del 90 por ciento de impunidad. Y una cifra desconsoladora: 83.000 desparecidos.

Si matan o echan al maestro, al guía intelectual y moral de la comunidad, la señal es clara: la profesión del pensamiento y el trabajo comunitario no es un camino seguro.

La evolución de la barbarie es cambiante. Hay picos y valles en las estadísticas y picos y valles en la victimización de los maestros. Y en los últimos años la reducción de los asesinatos ha sido importante en general, y también entre los educadores. Pero el fenómeno continúa, y la muerte de cerca de veinte maestros y maestras caídos en los últimos doce meses, todos líderes sociales, por oficio o por compromiso personal, nos alerta sobre la imperiosa necesidad de proteger como sociedad y en cada comunidad a nuestros profes. Y por eso es sano decirle al Gobierno, no solamente desde el sindicato, sino como un clamor ciudadano, que si muere un profe, muere la esperanza de paz.

Si matan o echan al maestro, al guía intelectual y moral de la comunidad, la señal es clara: la profesión del pensamiento y el trabajo comunitario no es un camino seguro. No es casual que se elija como víctima al educador: tiene un impacto aleccionador. Como genera un temor especialmente agudo en los demás pobladores de un territorio, es lo que técnicamente se denomina un acto terrorista. ¿Qué pasa en el desarrollo emocional de un estudiante, niño o adolescente, a quién le dicen un día que su profe no llegó porque lo mataron o lo hicieron ir para salvar su vida?, o para ser fieles a nuestra realidad, ¿cómo llevarán consigo la experiencia de haber vivido el asesinato de su maestro aquellos chicos que tuvieron que presenciarlo, porque lo mataron allí, en la propia escuela?

Y si permitimos que sigan matando y desplazando maestros rurales será imposible llevar educación a donde se tiene que construir la reconciliación generacional, y los chicos de las zonas afectadas por el conflicto se quedarán sin escuela, como pasa en muchas veredas, a donde los maestros no aceptan las plazas o solamente llegan por breves periodos al final del año escolar.

Aquí hemos naturalizado la violencia, y es difícil dimensionar su magnitud. ¡Muertos, desplazados, amenazados y desaparecidos son tan cotidianos! Pero hay alarma por el asesinato de líderes sociales, y quizás esta semana de reflexión sobre la violencia contra los docentes ayude a sensibilizarnos. Es necesario ser persistentes: necesitamos poner en marcha ejercicios educativos sobre la verdad, la memoria y el poder en los colegios, formar en las aulas ciudadanos con sentido de la vida y de la dignidad humana, permitir que las comunidades y las escuelas sean el centro de la reconciliación y aprendan a sacar la violencia y el rencor de la cotidianidad. Pero para eso, necesitamos docentes sin miedo. Si no protegemos a los educadores, no educaremos a los niños en libertad. ¿Cómo le vamos a pedir que lidere la construcción de paz a una profe como Deyanira, si no podemos liberarla de su propio riesgo de ser víctima y más bien dudamos de ella?

*Coordinador Nacional Educapaz

Columnistas

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