Revolución en el tablero

Revolución en el tablero

La Fide decidirá si acoge la propuesta de jugar solo por amor-humor.

07 de junio 2019 , 07:20 p.m.

Borges abogaba por deportes en los que no hubiera vencedores ni vencidos. Abominaba del fútbol, sometido por la Fifa a latonería y pintura.

El memorioso de Buenos Aires habría felicitado e intrigado una selfi con mis nietos australianos, los mellizos Mateo y Patrick, de ocho años, quienes juegan ajedrez solo por el encanto de hacer tablas.

Supongo que hasta Borges, que le dedicó dos sonetos al juego (“... que dios detrás de Dios la trama empieza...”), sabía que las tablas se dan cuando los jugadores se reparten el punto.

En la aldea global, de pronto surgen movimientos para frenar la orgía de empates cómodos. Las muelles tablas son una claudicación, una invitación a jugar a no jugar. Las denominadas tablas de Sofía, que pretenden frenar el camino fácil del empate, han fracasado.

Jugar a hacer tablas siempre, como proponen mis canguritos australianos, es tan exótico como para un ateo despertar creyendo en todos los dioses.

Tampoco ha pelechado la propuesta del gran maestro uzbeko Kasimdzhanov de que en el ajedrez, como en el tenis, siempre haya un ganador. Nadie volvería a dormir ni a fornicar hasta que no gane alguno. Esto sacaría a los trebejistas de la zona de confort.
Pero jugar a hacer tablas siempre, como proponen mis canguritos australianos, es tan exótico como para un ateo despertar creyendo en todos los dioses, o hacer hoyo en uno en golf con una raqueta de ping-pong.

Llevo sesenta años rindiéndole culto al ajedrez, pero las partidas más surrealistas las he jugado contra los mellizos Mateo y Patrick, a quienes vimos crecer por Skype.

Si introducen ajustes en el fútbol para que suene más la registradora, mis repetidos australianos, por razones lúdicas, no quieren quedarse atrás y plantean jugar hasta quedar con los reyes pelados, sin pensar en la zozobra del revés ni en la fugaz inmortalidad del triunfo.

La Fide, que mangonea en asuntos ajedrecísticos, decidirá si acoge la propuesta de jugar solo por amor-humor el deporte que protege la diosa Caissa.

Mateo y Patrick practican un extraño ajedrez: para hacer valer su condición de mellizos juega el uno; después, el otro y finalmente, el rival. Más audaz que otra opción sugerida: cambiar de lugar las piezas al principio de la partida.

Ya que no he propuesto nada que me depare así sean migajas de inmortalidad, a espaldas de mis nietos, le cedo su idea al mundo del ajedrez, que tantos momentos gratos me ha regalado. Ya puedo desocupar tranquilo el amarradero.

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