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¡Qué pereza la inmortalidad!

¡Qué pereza la inmortalidad!

No podría salirle con un chorro de babas a la aseguradora que vive pendiente de mi travesía.

22 de octubre 2021 , 08:00 p. m.

Informo a mis amigos, acreedores y favorecedores que la inmortalidad no figura en mi agenda. Me la pueden dar en plata. No estaría bien cambiar las reglas del juego a estas alturas del partido.

De una documentada crónica de Gloria Helena Rey en EL TIEMPO, podría deducirse que la inmortalidad está a la vuelta de la esquina. Lo dicen los científicos que cita para sustentar que los días de la muerte están contados.

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‘Habríamus’ inmortalidad a la carta, como quien compra el pan y la leche en la tienda de la esquina. No cuenten conmigo. No podría salirle con un chorro de babas a la aseguradora que vive pendiente de mi travesía para hacer efectiva la póliza exequial.

Tampoco es por contar plata delante de los pobres, pero hace poco los doctores Tamayo y Jaramillo, que monitorean mis huesitos, me encontraron tan bien que me prohibieron volver a su consultorio en los próximos seis meses. Al paso que voy, tendré que morirme de puro aliviado. Si las cosas siguen como van, seré el muerto más aliviado del cementerio.

Para irme acostumbrando a la pelona, soy “habitué” de los cementerios de las ciudades por donde paso. Me “conocen” los muertos de los barrios de los acostados de Hamburgo, Berlín, Buenos Aires, Washington, Bogotá, Medellín… En el de La Habana casi me cruzo con el poeta Juan Manuel Roca.

Espero asistir de nuevo el 27 de noviembre a la serenata de cumpleaños de José Asunción Silva en su mausoleo del Cementerio Central de Bogotá.

Todos los días hago el inevitable cursillo para morlaco, o muerto que llaman. Ese cursillo lo hago durante el sueño y en esa eternidad bonsái que es la siesta.

Si aceptara la inmortalidad tendría que cambiar mis instrucciones en casa para proceder con mis cenizas. Que se resumen en el viejo dicho: el muerto al hoyo y el vivo a la olla. No aspiro a lápida porque la herencia se iría en mármol. Pero, insisto, la muerte no me la pienso perder. ¡Vade retro, inmortalidad!

Conste que no le tengo bronca a la vida. Nos llevamos bien, tenemos firmado pacto de no agresión: yo vivo mi vida y ella me guarda la muerte, que ojalá se venga “tan callando”. Porque lo malo no es la muerte, sino la morida. Dicen.

OSCAR DOMÍNGUEZ
oscardominguezg@outlook.com

(Lea todas las columnas de Oscar Domínguez en EL TIEMPO, aquí)

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