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Memorias de un hombre ‘culto’

Memorias de un hombre ‘culto’

En mi prontuario cultural también figura una ida a la ópera ‘Don Carlos’, en Múnich.

19 de julio 2021 , 12:13 a. m.

A raíz del reciente Festival de Música de Cartagena, le puse espejo retrovisor a mi hoja de vida cultural y descubrí que no soy tan caído del zarzo.

Asistí a un concierto dirigido por un tal Herbert von Karajan, con motivo de los 750 años de Berlín (Alemania), no Berlín, Medellín, el barrio donde crecí oyendo tangos en la tienda de mi abuelo. El negocio era una especie de ‘Belle de jour’: tienda de día, bar de noche.

Desde que vi en acción a ‘Herr’ Herbert he creído que los directores suelen llevarse los aplausos porque ponen cara de tocar todos los instrumentos al mismo tiempo.

En mi prontuario cultural también figura una ida a la ópera ‘Don Carlos’, en Múnich.

Nadie sabe para quién trabaja: Así como ‘Para Elisa’, a espaldas de Beethoven, se utiliza para vender paletas, una invitación que incluye ópera en el menú nos da un impensado barniz cultural.

Esa noche muniquesa trataba de no dormirme. No sé si por la música de Verdi o por el libreto, pero me dieron ganas furiosas de estornudar.

La solemne sala estaba en “silencio mudo”, con excepción de los bajos, tenores, barítonos, sopranos, contraltos y demás gargantas profundas que se ganan la inmortalidad interpretando el bel canto.

Tenía el incontenible estornudo ahí no más, pero era consciente de que no podía hacer quedar mal al país, haciendo tercermundista ruido.

Dije para la posteridad: aquí muero, pero no estornudo. Y me encomendé a santa Cecilia, patrona de la música. De pronto, cuando iba a colgar los tenis, la orquesta entró con ‘tutti’. La sala en pleno estornudó.

Todo el mundo lo hizo, menos yo. Cosas de santa Cecilia, que se manda su humor teológico. Necesité atravesar el charco para constatar que los alemanes también estornudan.

Donde nadie me oiga suelo reconocer que mis “conocimientos” me llevan a aplaudir a destiempo. Una pausita, y este moreno se despacha frenético.

Pensando en gente como yo que no ha pasado de la Sonora Matancera, en algunas salas adiestran a los ignaros para que no aplaudan por cualquier do de pecho (¿o será re?) que oigan, y nos sugieren que dejemos las felicitaciones para el final.

Uno nace con los polvos y los aplausos contados, pero siempre me los gasto a destiempo... Entiendo el aplauso como un salario adicional en especie.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ G.

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