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Los desertores éramos cuatro

Los desertores éramos cuatro

Queríamos reinventarnos, empoderarnos y sacar nuestra mejor versión para conseguir plata.

13 de octubre 2021 , 08:00 p. m.

Soy deudor moroso y amoroso de un combo de señoras que me regalaron el pescado y me enseñaron a pescar cuando deserté en busca del sueño bogotano. Retroactivas gracias en el Walhalla en que se encuentren.

(Lea además: Brindis por los repetidos)

Como a los panidas que cantó De Greiff, a la banda de los cuatro que desembarcamos en el barrio 12 de Octubre, también nos gustaban el vino, la mujer y el juego. Dicho en la jerga moderna, queríamos reinventarnos, empoderarnos y sacar nuestra mejor versión para conseguir plata.

Doña Filo, la casera, sospechaba que le pondríamos conejo. Sin libreta militar que exigían hasta para fornicar, jamás buscamos empleo porque “el trabajo lo hizo Dios como castigo”.

Ese primer desembarco fue fugaz: al mes, con el almuerzo siempre embolatado, pedimos cacao en casa. Nos financiaron el retorno, previo pago de la deuda.

Como no quería convertirme en Bon Bril, volví a desertar sin coronar siquiera diploma chimbo de bachiller. Esta vez, la Capital, como le decíamos los perplejos advenedizos, me trató tan bien que duré ¡45 años!

El azar que siempre me ha sonreído me llevó luego a casa de doña Lucía, una ráfaga boyacense a la que Rausch, De Zubiría y demás tenedores de Master Chef no le pasan la sal. Sus hijas nos volvían pecado mortal la boca.

En casa de doña María, costeña, los caballeros éramos siete. Compartíamos con gatos que ronroneaban –los muy sapos– si entrábamos mujeres. Como Ramona, la de Pancho, doña María se casó con don Rafa para no caerse de ese lado de la cama.

Este pecho fue inquilino en la Colina del Pecado en el apartamento del fallecido caricaturista Ernesto Franco, el creador de Copetín. Un rolo amable, sonriente, divertido. La Paisa, su mujer, tenía la paciencia de Job multiplicada por tres. A fines del mes ponía cara de boa constrictor para presionar el pago del arriendo. De allí salí para contraer “mártirmonio” con dama paisa.

Dos féminas rolas más animaron mi travesía sabanera. Mi hija y colega de quien puedo decir con el padre de Tracy de la película Testigo de cargo: una buena hija le da al padre la ilusión de que sigue siendo joven.

La otra bogotanita tiene seis años, se llama Ilona, y me brinda la ocasión de volver a la infancia, la única época en que todos somos inmortales.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ GIRALDO

(Lea todas las columnas de Óscar Domínguez Giraldo en EL TIEMPO, aquí)

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