La cuchedad

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¿No es una delicia pasar de los estados de lucha laboral a los de locha?¿De la presión a la pensión?

18 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

Nunca le tuve bronca a la vida. Nos llevamos bien. Ahora me dedico a envejecer. Me las doy de ‘septuagennial’, antípoda de los millennials, los nuevos dueños del patio.

Probé, y me quedó gustando la vejez. Pienso que uno debería nacer viejo. Procuro vivir en agosto perpetuo, mes en el que nos miman.

Ojalá pueda decir con mi nonagenaria madre que viví el invierno, el verano, la primavera y el otoño. Mi nieta Sofía le sugirió a su mami no envejecer. “No es inteligente ser viejo”, le soltó sin anestesia. A pesar de lo que dice este pequeño tsunami de sueños, valió la pena vivir por el privilegio de ennietecer.

Tiene inconvenientes la viejentud. Por ejemplo, no se puede comer y ver televisión al tiempo. Le pasó al presidente Bush que se atragantó cuando veía TV y comía galletas insípidas (pretzels). Casi nos ahorramos la invasión a Irak.

A los pensionados nos miran mal en las cafeterías. “Qué falta de respeto...”. Todo porque nos pasamos la mañana con un tinto y leyendo periódicos y revistas de gorra.

A los pensionados nos miran mal en las cafeterías. “Qué falta de respeto...”. Todo porque nos pasamos la mañana con un tinto y leyendo periódicos y revistas de gorra. En los restaurantes pedimos un plato adicional para compartir, y casi llaman al cuadrante.

¿No es una delicia pasar de todos los estados de lucha laboral a los de locha? ¿De la presión a la pensión? Tampoco hay que retirarse de los pecadillos: ellos se van retirando de nosotros, lo que minimiza el golpe.

Somos parte del paisaje. Si algún contrario nos detecta de lejos, nos aplica las cataratas del general De Gaulle, que solo veía a los que le interesaban.

Para cuadrar caja, somos el blanco de los ministros de Hacienda. Ese tic lo llevan en su ADN de alcabaleros. Se les vuelve agua la boca pensando en la “flaca bolsa de irónica aritmética” de los retirados.

Cobrar la mesada, pagar servicios, atravesar la cebra, leer los obituarios del periódico a ver si tenemos programa (entierro) en la tarde son placeres que lindan con lo orgásmico.

Nos gozamos la cotidianidad. Saber que ni mañana, ni pasado mañana, ninguna mañana tenemos que madrugar nos convierte en los Bill Gates del ocio.

Ojalá haber vivido a la manera del arquitecto brasileño Niemeyer, que pasó de la centuria: trabajar, ser correctos, tener amigos. Con ligeras variantes, esa trinidad sirve de lápida, y no se va la herencia en mármol. No se pierdan la vejez.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ GIRALDO
- www.oscardominguezgiraldo.com

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