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Instrucciones para montar en metro

Instrucciones para montar en metro

Mi primera instrucción para montar en el metro en Bogotá es no cambiar de alcaldesa.

13 de agosto 2021 , 08:00 p. m.

Con el perdón de Cortázar, daré mínimas instrucciones para montar en el metro de Bogotá, que está de muchos 483 agostos. Amo tanto a esta ciudad que encantado la invitaría a bailar, le mordería la oreja y terminaría con ella en algún motel del Triángulo de las Bermudas...

Pongo al servicio de la ciudad mi experiencia en el arte de montar en metro, en reciprocidad por los solitarios domingos con Media Torta que me deparó, y por ese barrio de La Candelaria mil veces recorrido.

Soy deudor moroso y amoroso del centro de la ciudad, del Artista Nacional y de su secretario perpetuo, que se gastaban su desdentado arte con los ociosos de siempre.
Le debo a la ciudad el primer salario como patinador en Todelar de finales de los sesenta. Los 900 pesos me alcanzaban para sí fornicar, pagar arriendo, comer y redistribuir el ingreso con algún raponero de esos que llevan un Usain Bolt en cada pie.
Se merece metro una ciudad donde viví varias décadas. Fui tan exitoso que nunca conseguí plata. La plata me la dio Bogotá en vida y en gente, incluidos dos hijos y una nieta (me prestó iglesia para contraer ‘mártirmonio’ con fémina paisa).

Está capando metro la metrópoli que me prestó sus casas de inquilinato del centro en las que solo los sábados teníamos agua caliente.

Los aguaceros de la Bogotá de mis primeros días le habrían hecho agua la boca al pluviómetro Noé. Aunque amo la lluvia, el mar me lo puedan dar en plata. También la reencarnación. Me atrevo a dar instrucciones porque existe el peligro de que dentro de ocho años estaré estrenando el bordón que mandé hacer para treparme en ese cachivache.

Se merece metro una ciudad donde viví varias décadas. Fui tan exitoso que nunca conseguí plata. La plata me la dio Bogotá en vida y en gente.

Mi primer ‘cuasisemiexgozquejo’ de instrucción para montar en el metro en Bogotá es no cambiar de alcaldesa. El que venga podría hacer borrón y cuenta nueva para pasar a la historia como el verdadero responsable de este “ascensor acostado”.

Y como se me acabó el espacio, mi instrucción estrella es: no le pongan la mano al metro. Cuando lo conocí en Estocolmo le puse la mano y me obedeció. No inventé la rueda ni el fuego, pero en la tierra de Olafo descubrí que en su ADN está parar en las estaciones con la exactitud de un reloj de arena. Bogotá, nada me debes; Bogotá, estamos en paz.

OSCAR DOMÍGUEZ GIRALDOoscardominguezg@outlook.com

(Lea todas las columnas de Oscar Domíguez Giraldo en EL TIEMPO, aquí)

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