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Fieles difuntos

Fieles difuntos

¡Cómo te recuerdo, hortensia silenciosa! Ni una sonrisa me regalaste cuando besé tu mejilla fría.

31 de octubre 2021 , 09:36 p. m.

Solo una vez he dormido con un muerto: mi tío Jorge Eliécer, y solo una vez besé la mejilla de la muerta más bella del mundo: mi madre.

Cualquier día disfrutábamos del anonimato de cinco estrellas en nuestro cambuche bogotano cuando sonó el teléfono. Una voz varonil dijo de pronto que habían encontrado mi número telefónico entre los papeles del pariente que vivía solitario y feliz en su casa de Silvania, Cundinamarca. O vivía, porque había dejado de existir.

Era lo único que podía dejar, porque Jorge Eliécer, bautizado así en memoria de Gaitán, había renunciado al prosaico destino de hacer platica. Murió en la más altiva y risueña pobreza, que compartía con su entorno de activistas de Sisbén.

Cual flechas salimos en busca del hombre que me enseñó a manejar la máquina de escribir y me financió las primeras cervezas y escaramuzas eróticas.

Cumplimos el ritual funerario de reclamar sus huesitos y aterrizamos en su casa para la austera velación. Esa noche sus vecinos agotaron los adjetivos para elogiar al Paisita, como le decían.

A medianoche despachamos a los dolientes, dejamos al tío en su piyama de madera o ataúd que llaman, y los que roncan en la cama donde murió. Nunca habíamos dormido tan ‘placidadominguezmente’.

Sus vecinos se resistían a que redondeáramos la faena: llevarlo a Bogotá, cremarlo y enviar sus cenizas por entrega inmediata a Medellín.

Años después, a la muerte de su hermana Genoveva, mi madre, me salió del “hondón del alma” despedirla de beso y afrijolarle unos versos que ojalá me haya perdonado porque su hijo ‘poeta’ no dio para más:

Elegía por una flor

¡Cómo te recuerdo, hortensia silenciosa! / Ni una sonrisa me regalaste cuando besé tu mejilla fría. / Comprendí entonces que la muerte es para toda la vida. / Viendo cómo te apagabas, le retiré el saludo al orfebre de estrellas. / Nos reconciliamos cuando te llamó a su izquierda mano. / Fue un guiño coqueto a tu zurdera. / Dios no tiene presa mala. Dirías. / Discreta como un salmo / te gastaste todo el protagonismo en tu prole. / Amabas la vida. Las arrugas te dañaban la comunión. / No rimaban con tu coquetería de todos los semestres. / Si no podías contemplar los sietecueros / tampoco tenía gracia continuar en la pasarela. / Disfruta tu sabático eterno. / Desde allí sigue alumbrando nuestro ocaso. / Y celebrando otros amaneceres surgidos de tus entrañas. / En cada flor estarás tú, hortensia.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ GIRALDO
www.oscardominguezgiraldo.com

(Lea todas las columnas de Óscar Domínguez Giraldo en EL TIEMPO aquí).

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