El regreso de la paloma

El regreso de la paloma

Me les tiré a esos frutos porque interpreté el regalo como una profética versión coronavírica.

24 de abril 2020 , 05:45 p.m.

Hace poco salí de casa por primera vez en treinta días para ejercer el libre desarrollo de mi personalidad, gracias al pico y cédula.

Fue un mínimo tour hasta la recepción del edificio adonde fui a reclamar un container con aguacates y mandarinas que nos dejó un buen samaritano. Respiré tranquilo. Nos recuerdan. Todavía no somos el olvido que seremos.

Me les tiré en plancha a esos frutos porque interpreté el regalo como una profética versión coronavírica de la paloma del diluvio que con su retorno al arca anticipaba la calma.

Salí porque estaba aburrido de ver al mismo desangelado sujeto que me devuelve el espejo. Con estupor descubrí que a pesar de que el coronavirus parece cosa de siglos, los humanos siguen muy parecidos a los que conozco. Sus ojos, orejas, nariz están en el mismo lugar. Hay motivos para el optimismo. De esta salimos.

Encontré raros a mis congéneres en su traje de pandemia: perplejos, lejanos, huraños, escurridizos, desconfiados.

Para no olvidar el arte de conservar amistades nos estamos acostumbrando a llamar parientes y amigos a los que no les debemos plata. Lo ordenan los manuales para no perecer de claustrofobia.

Las personas a las que llamo responden retrecheras mientras ubican al intruso en la bruma de su disco duro cerebral. La voz se les oye diferente, como de computador. Puede ser de tanto barrer, trapear y planchar, tres insólitos verbos incorporados tardíamente al léxico del macho alfa.

Claro que hay pechugones que poco colaboran en las labores domésticas que nos han hecho añorar a las empleadas del servicio. Alegan los tales que las paredes ametralladas de diplomas hasta en sánscrito los exoneran de faenas subalternas. ¿Escobitas a mí?, se preguntan orondos desde el penthouse de su importancia de peluche.

Los antípodas de los viejos, los niños, también la están pasando mal. Un vecinito gritó hace poco a la rosa de los vientos: “Coronavirus, me vas a enloquecer”. Busco al pequeñín para darle los teléfonos de una línea amiga atendida por sicólogos de Medellín que le darán una mano (fijo 6043627 y WhatsApp 3226500588).

Y como no soy escaparate de nadie, comparto otra forma de socializar: saquen al perro. La mascota nos saca del anonimato y nos permite saludar a sus amos a prudente distancia. No olviden llevar el metro para medir centímetros. Oh, tiempos, mis amores.

Óscar Domínguez Giraldo

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