El arte de amar

El arte de amar

'El arte de amar', de Publio Ovidio Nasón, que cumple dos mil años en 2017.

16 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Hace poco, cuando supe de la existencia de un incunable que aconseja a las mujeres utilizar el ajedrez como instrumento para engatusar varones, me aparecí en la biblioteca Luis Echavarría Villegas, de la Universidad Eafit, en Medellín, donde se deja ver y no tocar desde 2015, cuando fue adquirido en una librería sueca.

Casi voy confesado, comulgado y perfumado a esta cita con 'El arte de amar', de Publio Ovidio Nasón, que cumple dos mil años en 2017. Felizmente, de esa obra no tenía ni veniales el exprocurador Ordóñez en su época de pirómano.

Tanto como yo, aficionado al ajedrez, se alegró el vestido de pontificar que lucí para la ocasión. Cuando uno ha dado un paso al costado laboralmente, van al archivo los trajes que alguna vez trituraron horarios con el dueño.

Abre usted el clóset y tiene la sensación de que los vestidos se le tiran en plancha para que les dé una segunda oportunidad.

En tiempos de Ovidio el ajedrez se llamaba chaturanga. Se lo conoce bajo la advocación de ajedrez desde 1561.

Tiré un carisellazo virtual y concluí: esta hebra, bajada con horqueta en algún hiperalmacén, merece acompañarme a conocer el delicioso libro de simplemente Ovidio (Sulmone, 43 a. C-Tomi, 17 d. C).

Incunables no se ven todos los días. La Eafit solo tiene ese. El término se aplica a los libros impresos entre el nacimiento de la imprenta (1453) y el 1.º de enero de 1501. La joya de la corona de la Luis Echavarría fue editada en 1494.

Llegué pisando duro. Con voz de Efromovich que se apresta a destituir pilotos (no lo permita la Chinca), ordené: Tráiganme el Ars amatoria.

Creí que con el latín que aprendí en el seminario in illo tempore podría encontrar la parte en la que Ovidio le aconseja a la mujer “ser hábil y prudente en el juego del ajedrez”, como leo en el ejemplar que tengo, traducido por Virgilio Zamorano (Altamir Ediciones).

El incunable apareció, pero con amable chaperón a bordo, enguantado, solemne, orgulloso. Nada de dejarlo tocar de manos sacrílegas “por conservación física, por su antigüedad, por ser único y raro”.

Salí feliz, con sonrisa de corrupto no pillado aún. Luego, gracias al exmagistrado Javier Henao Hidrón, trebejista insigne, supe que en tiempos de Ovidio el ajedrez se llamaba chaturanga. Se lo conoce bajo la advocación de ajedrez desde 1561. Pero nadie me quita lo bailao: soy un incunable menos ignorante.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ GIRALDO

Columnistas

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