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Dos mujeres (2)

Dos mujeres (2)

A petición general del público, redondeo mi homenaje a mis abuelas, Rosa y Amalia.

28 de mayo 2021 , 09:25 p. m.

A petición general del público, redondeo mi homenaje a mis abuelas, Rosa y Amalia.

Criaron a la muchachada a punta de la segunda trinidad bendita: frisoles, mazamorra, arepa. Sorprende que no haya ateos en casa con semejante menú diario. En ninguna de las casas se celebraba nada. ¿Día de la Madre? Negativo al cien. Celebrar era perder plata y tiempo. Para ahorrar, juntaban primeras comuniones.

Ambas confeccionaban la ropa de la prole. Los menores heredaban de los mayores. La ropa se hacía con ventajita para que durara. ¿Carro particular? ¡Nanay!

De tanto guardar luto, vivían en blanco y negro. Guardaban luto durante un año, cuando el “interfecto muerto” era cercano. De pronto, a los seis meses rebajaban a medio luto.

Las abuelas tenían a Dios por copartidario, como diría luego el coronel Aureliano Buendía. En mayo no “mancaban” los Mil Jesuses para que no faltara nada. Rosario diario, misa, confesión y comunión domingos y fiestas de guardar estaban a la orden de día.

Aparte de la pomada Peña para ellas y jabón de tierra para todos, no había más concesiones a la vanidad.

Como me he ganado la vida escribiendo para periódicos, no diré para qué más, aparte de empacar la carne, se utilizaba la prensa vieja cuando íbamos al baño.

Después de los partos, las aves de tacaño vuelo pagaban el pato porque la dieta ordenaba gallina durante cuarenta días. Criar hijos para el cielo era la única opción de tomar vacaciones.

Los maridos Lubín y Carlos hacían lo que ellos obedecían. Sus mujeres tenían la sartén por el mango. Decían que “los hombres en la cocina huelen a rila de gallina”. No pregunten por qué muchos no nos dejamos ver de un brócoli.

Los primeros oficios se los debo a mis abuelas. En el caso de Mamá Amalita, ella ordenaba que a sus nietos nos bañaran en leche de la vaca directamente de la teta, para que creciéramos aliviados. El resto de la leche yo la llevaba al pueblo para la venta.

Con mamá Rosa mi oficio era el de candelabro, o sea, el funcionario que acompañaba a las tías casaderas a cine con sus romeos. A partir de primer mecato no veía nada, como los ascensoristas de Nueva York, según Gay Talese.

La gente nacía buena como el pan y se quedaba así para toda la vida.

Óscar Domínguez Giraldo
oscardominguezg@outlook.com

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