Coleccionista de cementerios

Coleccionista de cementerios

Desde que tuve la certeza de que no soy eterno, muero por cómodas cuotas mensuales.

15 de noviembre 2019 , 08:02 p.m.

En este mes que huele a gladiolos confieso que soy lector compulsivo de obituarios y visitante enfermizo de cementerios. Si en el Central, de Bogotá, hubiera bar, me harían vale. Hablo de bares porque a la muerte hay que entrar como a una fiesta, decía el memorioso de Buenos Aires.

Copiándome de otros, salgo a la llanura cuando constato que no aparece mi obituario en el periódico. (Tengo claro que mis ejecutorias no dan para una anoréxica nota en página interior. Se publicaría a manera de embuchado la noticia si el encargado del cierre del periódico esa noche fuera amigo mío.)

Lo de los obituarios y los cementerios es un truco que me ha funcionado: pensando en la pelona, la mantengo a saludable distancia. Nos respetamos los espacios.

Eso sí, no me pienso perder la eternidad ni aunque me la den en plata. Para no ofender susceptibilidades, aceptaría que la reencarnación sea opcional.

Desde que tuve la certeza de que no soy eterno, muero por cómodas cuotas mensuales. Antes pagaba el seguro con la cuenta de la luz; ahora es otra empresa la que se encargará de manipular mis cenizas. El menú de la funeraria incluye el aliciente de la limusina. Por fin viajaré en ese prepotente rascacielos horizontal en el que los famosos esconden su vanidad de los ojos del populacho.

Ciudad que visito, barrio de los acostados que conozco. De hecho, vivo cerca de uno de ellos. Levanto el pescuezo y monitoreo a mis futuros colegas los morlacos.

Me gustaría pasar la eternidad en posición decúbito dorsal en el cementerio de La Habana. “Museo a cielo abierto” le dicen a la necrópolis de Colón, cuenta el poeta Roca. ¡Qué paz de los sepulcros se vive allí! Pero el seguro que pago no cubre ese lujo. Querer es no poder.

Para que no me calumnien por exceso ni por defecto, escribí las palabras que deben leerse cuando me vuelva eternidad.

Lo único que tendría de malo la muerte es que es para toda la vida. ¿Pero qué tal quedarse vivos para siempre, como parecen sugerirlo quienes en los cumpleaños terminan el canto con este desafinado exabrupto: que los cumplas feliz hasta el año diez mil o sin fin?

Tengo lista la lápida: ‘Fue un buen muchacho’. Si está muy largo y la herencia (?) se va en mármol, se puede dejar en simplemente: ‘Fue’.

Empodera tu conocimiento

Más de Óscar Domínguez Giraldo

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.