Bostezo en los buzones

Bostezo en los buzones

Tengo por los buzones, por las cartas en general, el mismo amor que sentimos por los zapatos viejos.

22 de abril 2019 , 07:00 p.m.

A veces, la nostalgia se viste de rojo. Eso sucedió con viejos buzones de correos que han sido sometidos a latonería y pintura en ciudades como Bogotá y Medellín.

Tales buzones se parecen como un corrupto a otro (y espero no estar calumniando los buzones, dicho sea en la jerga chaparraluna del maestro Echandía).

Las administraciones bogotana y antioqueña encargadas de hacerle guiños a ese espejo retrovisor que es la nostalgia, interesadas en recuperar el centro, decidieron que no está bien que los transeúntes estén solos y reinstalaron los arcaicos buzones rojos Carron Company, tan escoceses como Sherlock Holmes.

En el de Bogotá se pueden echar cartas de amor o desamor en el de la carrera Séptima con avenida Jiménez. Como los administra la empresa oficial 4-72, no hay peligro de que lleguen. La idea no es que lleguen sino que se escriban cartas, ojalá manuscritas, una especie en extinción en plena era digital.

En Medellín, luciendo mi mejor hebra, en calidad de enviado especial de mí mismo, asistí a la reinstalación del Carron de la avenida La Playa con Junín. “Se me piantó un lagrimón” porque ya no vive nadie en esos buzones que bostezan a la espera de que llegue el maná de algún mensaje.

Tengo por los buzones, por las cartas en general, el mismo amor que sentimos por los zapatos viejos, sean los del poeta Luis Carlos López o los que vemos en el bello y sorprendente documental de Daniela Abad Lombana, The Smiling Lombana.

Los carteros eran necesarios y bienvenidos como el policía de la equina, el médico familiar que acompañaba a sus pacientes hasta la tumba, o el cura que deparaba el cielo o nos regalaba el infierno.

Le llegada de una carta, de la mano del cartero, o echada por debajo de la puerta, era noticia de varios días en casa.

Cómo no querer los viejos medios de comunicación si un telegrama enviado por mi madre en 1942 hizo regresar a su novio retrechero. “Ausencia no opónese recordarte”, decía el lacónico trino. La pareja se casó y tuvo nueve hijos.

Según crónica de EL TIEMPO, en el buzón del centro los funcionarios del Distrito encontraron esta carta al Niño Dios escrita en 2004 por unos menores: “Queremos conocer tu letra. Nos hemos portado lo mejor posible y los tres ganamos el año”.

www.oscardominguezgiraldo.com

Sal de la rutina

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