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Democracia enferma

Democracia enferma

Vivimos en medio de un laberinto lleno de fisuras, que se hicieron más notables con la pandemia.

28 de agosto 2021 , 09:33 p. m.

Luego del inicio de la pandemia, el colombiano se mueve en un ambiente de desolación y escepticismo. La cruda realidad es que el covid afectó el estado de ánimo de la nación, como resultado de la cruel enfermedad, las víctimas, el aislamiento, el desempleo y el cierre de muchas empresas, entre otros factores.

Pero hay motivos para la esperanza. No todo está perdido. A pesar de las dificultades, que no se pueden esconder, hay una política de salud pública que muestra resultados, aumentan las fuentes de trabajo, la economía reacciona, la solidaridad social ha crecido y es notable la conciencia colectiva sobre la importancia del humanismo, en este período que nos ha permitido desnudar la miseria del hombre, en su dimensión individualista y materialista.

Pero, más allá de la coyuntura, hay que ser conscientes de que en nuestra sociedad, como en el mundo entero, tenemos problemas estructurales. Lo cierto es que las naciones que se gobiernan bajo modelos democráticos reclaman una relegitimación de la política y un avance significativo en las políticas de inclusión y desarrollo social.

Una encuesta mundial desarrollada por Ipsos, que se divulgó recientemente, pone de presente que las democracias tienen que volver sobre sus fundamentos. Sobreviven en un frágil ambiente de representación popular. A nivel global, el 68 % de los ciudadanos del mundo consideran que a los partidos y a los políticos no les importa la gente. Para el caso de Colombia, la situación es muy crítica porque, entre los países analizados, este índice llega al 85 %, el más alto de toda la muestra.

El futuro debe venir de la mano de la unidad, que solo la podrán promover liderazgos genuinos, que nos inspiren y nos renueven la fe. El papel de la comunicación y de los comunicadores será esencial

Sin legitimidad de la representación, la democracia no es viable. El 89 % de los colombianos percibimos, según esta encuesta, que nuestros líderes siempre trabajan para sus intereses. A nivel mundial, este indicador es también muy alto, el 81 %, por lo que esta percepción es una de las principales dificultades de la sociedad contemporánea. De allí que la investigación revele que el 60 % de la gente, a nivel mundial, preferiría que las decisiones más importantes que definen su futuro colectivo fueran adoptadas directamente por el pueblo, a través de referendos, y no por funcionarios elegidos.

Esta realidad pone en evidencia que vivimos en una democracia enferma. Herida en lo más profundo de su corazón. Y las cosas no cambiarán si los ciudadanos siguen percibiendo que lo público es lo privado de los políticos; si la mezquindad política es la regla; si los mejores hombres, los más preparados, huyen del servicio oficial; si la representación se impone y no es producto de sistemas incluyentes de selección y si al final gana la indiferencia ciudadana, que deja al activismo de las minorías la definición del futuro.

Vivimos en medio de un laberinto lleno de fisuras. Por supuesto que estas se hicieron más notables con la pandemia, entre estratos, por edades y entre regiones. El 56 % de la población mundial, en promedio, cree hoy que el país en el que vive está fracturado. La percepción de fractura más delicada, a julio de este año, es la de Sudáfrica, con el 74 %, curiosamente, un país que es referente ecuménico en materia de paz. Pero le siguen, en orden, Brasil (72 %), Chile (69 %), Estados Unidos (68 %) y Colombia (64 %), que, aparte de sus complejidades sociales, tienen en común que se trata de países en los que en los últimos años la política interna se ha vuelto feroz. En nuestro caso, por dividir la sociedad entre amigos y enemigos de la paz. Por fortuna, la campaña no girará alrededor de este asunto, según las prioridades ciudadanas que salen de las encuestas.

El futuro debe venir de la mano de la unidad, que solo la podrán promover liderazgos genuinos, que nos inspiren y nos renueven la fe. El papel de la comunicación y de los comunicadores en este proceso será esencial. Ojalá lo permitan, así sea a costa del ‘rating’.

Taponazo. La decisión de Alejandro Gaviria debe contribuir a profundizar el debate de las ideas. Al país no le conviene seguir con una campaña presidencial agazapada en Twitter.

NÉSTOR HUMBERTO MARTÍNEZ NEIRA

(Lea todas las columnas de Néstor Humberto Martínez en EL TIEMPO, aquí).

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