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Es mejor no ser funcionario público

Es mejor no ser funcionario público

Serlo, implica tener entrega y una vocación real de servicio.

20 de agosto 2021 , 08:00 p. m.

Se ha vuelto muy común por estos días afirmar que TODOS los funcionarios públicos son corruptos, ladrones, negligentes y hasta asesinos. El país no ha llegado a esta conclusión sin fundamentos, ha sido, desafortunadamente, por tantos ejemplos que hemos tenido en todas las ramas y niveles del poder público, circunstancia que le ha hecho un daño inmenso a la credibilidad de las instituciones y del Estado.

También hay que decir que se trata de una generalización equivocada, pues si bien existen argumentos, también es una construcción neurolingüística que, como lo diría George Orwell, posteriormente es difundida y asumida como verdad. El flagelo de la corrupción existe y muchos han sido corruptos, pero de ellos se ha dicho demasiado.

Me voy a referir a las personas, no a ningún gobierno ni a ningún partido. Hablaré de esa cantidad de funcionarios que son abuelos, esposos, cónyuges, parejas, novios, padres, hermanos, hijos y amigos; esos que sacrifican su tiempo, su intimidad, su tranquilidad y su propia vida por trabajar por el país. Y para lograrlo no tienen horario ni privacidad, no importa su estado de salud ni el tiempo con sus familias, pues ni siquiera les es permitido tener un duelo por haber perdido a un ser querido.
También me refiero a esos funcionarios que teniendo hijos no pueden salir de vacaciones ni llevarlos al colegio, no pueden ir a un parque ni comprarles un helado, como tampoco pueden ir a un supermercado ni caminar por la calle, como cualquier ciudadano, sin que los ofendan y los amenacen, porque pueden poner en riesgo su seguridad y la de su familia.

Esta generalización no puede seguir siendo una excusa para no tener objetividad ante el reconocimiento de las cosas buenas que pueden hacer los gobernantes que escogimos.

Señores, ellos no siempre tienen intereses políticos, y aun teniéndolos, esta no puede ser una conducta reprochable. Así no lo crean, su objetivo es trabajar por el bienestar de los demás e intentar construir un mejor país. Ser funcionario público implica tener entrega y una vocación real de servicio.

¿Han pensado en qué siente una mamá cuando le dicen que su hijo es un asesino por tomar decisiones difíciles en materia de seguridad? ¿O qué siente un niño cuando llega al colegio y le dicen que su papá es un ladrón porque tiene que proponer medidas económicas para beneficiar a toda la población? ¿O en la angustia de una familia cuando recibe amenazas a la seguridad y a la vida de todos sus miembros por el solo hecho de que un funcionario tenga que tomar decisiones que no le gustan a la mayoría, en cumplimiento de las funciones propias de su cargo?

Nos estamos acostumbrando como sociedad a desinformar. Destacar los logros de los gobiernos, de sus instituciones y de sus funcionarios requiere tiempo, objetividad y conocimiento, los cuales, en muchas oportunidades, por no decir la mayoría, los contradictores no están dispuestos a reconocer, porque simplemente sus intereses políticos no se lo permiten.

Por mi parte, quiero darles las gracias por todo lo que hacen por el país, por entregar su tiempo, su esfuerzo y su vida para intentar hacer las cosas de la mejor manera, así muchos no estén de acuerdo; gracias por el compromiso y la valentía de tomar decisiones impopulares, por sacrificar el tiempo con sus familias por pensar en un mejor país; gracias por decidir y ejecutar, eso es gobernar.

Y si tienen pruebas de corrupción, denuncien, esa es la solución; esta generalización no puede seguir siendo una excusa para no tener objetividad ante el reconocimiento de las cosas buenas que pueden hacer los gobernantes que escogimos, como tampoco una excusa para no cumplir con los deberes ciudadanos. No nos hagamos más daño difundiendo este discurso que no solo va en contra de los funcionarios, nos está destruyendo como nación y eso es lo que menos necesita nuestra querida Colombia.

NATALIA SUCCAR
Natalia Succar Jaramillo

(Lea todas las columnas de Natalia Succar en EL TIEMPO, aquí)

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