Al pan, pan, y al narco, narco

Al pan, pan, y al narco, narco

El narcotráfico es, y no otra, la mayor causa de violencia en Colombia en los últimos cuarenta años.

19 de enero 2020 , 12:07 a.m.

El pasado 11 de enero, el presidente Duque, en recorrido por el Chocó, visitó Bojayá, acompañado por miembros del gobierno nacional y territorial, Fuerza Pública y destacada delegación de la comunidad internacional. En este exótico lugar, ubicado a orillas del río Atrato, que palpita entre la selva chocoana, se encuentra el caserío con cerca de diez mil habitantes en toda el área de influencia y se destaca por la convivencia de comunidades afros y pueblos emberas, waunanas, cunas y zenúes, que viven de la pesca y la agricultura artesanal.

Ni el inmenso caudal del Atrato, ni las intensas lluvias tropicales, ni las brisas que se pierden en la selva parecen haber podido disipar la nostalgia de la tragedia que en 2002, en un acto de locura desatado por grupos ilegales, se cobró la vida de 79 personas, entre ellos 45 niños, víctimas inocentes que, refugiados en el interior de una humilde iglesia, huían de las bandas criminales.

El país se ha visto reflejado en esta cobarde tragedia con una de sus más crudas e irresolutas realidades, cual es el fenómeno del narcotráfico. Tal como ocurrió hace 17 años, en el presente seguimos enfrentando armados ilegales que se disputan el control del territorio.

Tristemente llevamos cuarenta años de violencia derivada de las economías ilegales que gotean de las cadenas de producción del narcotráfico. Esta constelación que arranca con el despojo de tierras, desplazamiento de familias, se irriga con la llegada de carteles transnacionales de comercialización y transporte de precursores químicos, tales como gasolina, acetona, éter, entre otros, más las consecuencias de la deforestación requerida para los cultivos ilícitos.

Ya devorados por la ilegalidad, cientos de personas pasan a ser procesadores, cocineros, químicos, raspachines. Surtido el procesamiento se entra a otro eslabón con acciones como gramaje, logística y transporte de marihuana o pasta de coca, lo que involucra el negocio de armas y protección que hoy en día incluye, entre otros, a residuales Farc, ‘clan del Golfo’, Eln, ‘Pelusos’, ‘Caparros’, Epl y grupos menores.

Estamos hablando de miles de personas con armas de gran capacidad letal, es decir, grupos armados organizados, todos ellos dispuestos a asesinar. Todos narcos puros y hoy, la mayoría de ellos, cobijados con una bandera política para amortiguar su accionar. Ese era el sueño de Pablo Escobar.

Hasta allí, el tumor primario más grave, la metástasis del microtráfico, que se extiende por todo el país haciendo estragos hasta ahora no dimensionados en nuestros menores de edad.

Esta es, y no otra, la mayor causa de violencia en Colombia en los últimos cuarenta años. Este gobierno ha enfrentado desde el primer día, con valor y decisión, el narcotráfico que está detrás de los crímenes contra líderes sociales, comunales, defensores de derechos humanos y periodistas. El Plan de Acción Oportuna ha sido el mecanismo para tener presencia en los departamentos en donde mayor riesgo se presenta.

A 31 de diciembre del año pasado, luego de grandes esfuerzos en presencia de Fuerza Pública y en fortalecimiento institucional, se logró una disminución de homicidios cercana al 6 por ciento respecto del año anterior. Sin embargo, no es suficiente. No queremos ni un líder más víctima del crimen.

La gran diferencia con los anteriores 35 años es que la nación estaba unida en contra del narcotráfico y de la violencia que este genera. Ahora, lamentablemente, encapsulado en discurso político, pareciera que hay sectores complacientes con quienes atentan contra nuestros líderes. Ha llegado la hora de desmontar la democratización de la ilegalidad. Solo lo lograremos llamando al pan, pan, y al narco, narco.

NANCY PATRICIA GUTIÉRREZ
Ministra del Interior

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