Ventana bifocal

Parece que no vamos a cambiar mucho, lo que no es malo necesariamente; a mí me cae bien la gente.

27 de agosto 2020 , 09:25 p. m.

Empieza ya el sexto mes de aislamiento. Soy privilegiado, tengo un estudio con una ventana amplia que da a una avenida llena de árboles. Mi escritorio está contra la ventana, y sobre él hay una pantalla muy grande de computador. Así que tengo una ventana bifocal, como mis anteojos. De acuerdo con el ángulo de mirada, estoy enfocando de cerca (la avenida) o de lejos (el mundo). Recuerdo un cuadro de Dalí, Muchacha en la ventana, que vi alguna vez en el Museo Reina Sofía de Madrid (¿ya le cambiaron el nombre al museo? Ojalá no lo quemen). Aunque la joven está de espaldas, mirando al mar, uno puede imaginar su expresión, y no sé por qué, se me da por pensar que la comparto.

La ventana con foco lejano trae mensajes y noticias desconcertantes. Economistas de moda, desde París, Oxford y Nueva York, nos dicen que el mundo no volverá a ser el mismo, que cambiaremos los hábitos de consumo y aumentará la solidaridad. Los signos que se ven no ratifican esas teorías. Las compañías con mayor ganancia han sido las de ventas por internet, y entre nosotros los días sin IVA no parecen augurar cambios en el consumo. La solidaridad está más bien escasa. Las fronteras se cerraron, productos para salud fueron embargados por los países productores, y ya comenzó la rapiña por vacunas, aún no probadas. Venezuela cerró la frontera a sus propios ciudadanos y nos ha parecido horrible, pero nosotros sellamos la frontera con Ecuador para que no entren más venezolanos a nuestro territorio, y tenemos a muchos apeñuscados a las salidas de las ciudades. La gente protestó porque no cerramos más rápido El Dorado, cuando solo estaban llegando compatriotas nuestros que no se querían quedar encerrados por fuera.

En fin, parece que no vamos a cambiar mucho, lo que no es malo necesariamente; a mí me cae bien la gente, con defectos y todo. Me matriculo en la corriente de optimistas racionales, no en la de optimistas utópicos (quienes usualmente terminan siendo pesimistas).

Enfocando en la ventana de visión cercana se ven otras cosas. Un viejo (ni abuelito ni adulto mayor, simplemente viejo) se sentó en una banca de madera. A su lado se paró un carro del Distrito con megáfono advirtiéndole que estaba violando las normas. Quién sabe, tal vez él no tenga ventana al exterior y haya querido un poco de luz y aire, tal vez viva en un espacio limitado y en cinco meses haya logrado aburrirse. Con algunas normas nos hemos vuelto muy rigurosos. Claro que nada como la locura del Eln, las disidencias de las Farc y otras bandas que declararon objetivo militar a los infractores de normas sanitarias.

Hay una mujer joven con un carrito de bebé. Definitivamente, infractora por punta y punta. Recordé la noticia de que los microtraficantes estaban usando carros de bebé para disimular. Uno ya ni siquiera puede definir bien cuál es el delito que están cometiendo los caminantes. Varios perros sacaron a pasear a su dueño. Hay casos (ya los denuncié por Twitter, como corresponde) en que unos perros, sin permiso, sacan a pasear a dos humanos cada uno. Los niños, en cambio, no cuentan. Los sacaron unos ratos hace unos días; aturdidos al principio, luego corrían y saltaban como niños.

El vendedor de aguacates sigue ofreciendo su mercancía, en plena desobediencia civil. Dice que no quiere mercados regalados, que solo quiere trabajar. En cambio, el señor que traía garullas y queso con bocadillo de Soacha no ha vuelto. Espero que esté bien y que solo hayan sido la distancia y su edad las que no le han permitido llegar.

Una pareja de jóvenes camina, y están tomados de la mano. Sus tapabocas se escurren, como escotes, mostrando la sensual redondez de sus sonrisas. Parecen felices. ¡Qué barbaridad! ¿No les han explicado todavía que “lo más importante es la vida”?

Moisés Wasserman@mwassermannl

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