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Todos fachos

Todos fachos

Parece que no basta con llamar fachos a los demás para evitar el contagio.

09 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

El calificativo ‘facho’ se volvió tan corriente que por calificar a casi todos ya no califica a nadie. Tal vez no sea tan nuevo el fenómeno. George Orwell se quejaba, hace más de medio siglo, de que la palabra se había vuelto un improperio genérico. Hace poco me encontré en Twitter una queja contra los fachos de un parque. El anónimo era un vendedor (no de galleticas) y se quejaba de que los viejos fachos, sentados en las bancas, lo miraban mal. El que se incomoda con el microtráfico es ahora un facho. En ese parque vi jóvenes con una camiseta que dice: ‘Todo se está volviendo muy facho por acá’ (en letras rojas; al menos debieron ser negras o pardas).

Yo ya me había resignado a que cualquiera con alguna idea de derecha fuera facho, pero no, ahora lo es cualquiera que caiga mal. Reconozco que una definición precisa no es fácil; los fascistas de Mussolini fueron diferentes a los nazis de Hitler y a los falangistas de Franco. Umberto Eco, en un discurso en la Universidad de Columbia en 1995 que luego se convirtió en el pequeño manual ‘Contra el fascismo’, describe algunas características que nos pueden ayudar a reconocer al que es de verdad y no acusar a cualquiera, o a todos. Él lo llama ur-fascismo, o fascismo eterno. No basta con tener una sola característica para ser llamado fascista, pero con varias ya se vuelve sospechoso. Tal vez el lector se sorprenda al ver retratados también a los antifachos. Paradojas de la vida.

La primera que menciona es el culto a la tradición. La verdad absoluta ya ha sido anunciada por mensajes ancestrales (siempre de su propio pueblo, nunca de extraños). Lo que tenemos que hacer es interpretarlos. No importa que sean contradictorios, todos aluden a alguna verdad primitiva. Eso lleva a un rechazo a la modernidad, a la Ilustración y a sus teorías económicas y filosóficas decadentes. Los argumentos son irracionales. El logro de un objetivo es más importante que la coherencia lógica.

Esa irracionalidad lleva a una tercera característica, que es la de actuar solo por actuar. La acción es bella y se autojustifica; hay que actuar sin necesidad de reflexión. El mundo intelectual es sospechoso. Hemos visto por acá llamados enfáticos de algunos personajes al cambio, sin que aclaren qué debemos cambiar, con qué creen que lo debemos reemplazar y por qué ese cambio es bueno.

Yo ya me había resignado a que cualquiera con alguna idea de derecha fuera facho, pero no, ahora lo es cualquiera que caiga mal.

En la cultura moderna, el espíritu crítico hace distinciones. La ciencia entiende el desacuerdo como instrumento de progreso. Para el ur-fascismo, el desacuerdo es traición. El ur-fascismo surge en situaciones de frustración social y convoca a personas insatisfechas. Por eso, históricamente logró apoyos populares muy amplios.

Siempre define enemigos que presenta al mismo tiempo como muy fuertes y amenazantes y como muy débiles y fáciles de derrotar. Para el ur-fascismo no hay “lucha por la vida”, sino “vida para luchar”. Habrá una batalla final en la que el enemigo sea totalmente derrotado. Cada uno está condicionado para convertirse en héroe, al menos así lo siente.

El ur-fascismo se basa en un “populismo cualitativo”. El pueblo se concibe como una entidad monolítica que expresa la voluntad común. El líder se erige entonces como su intérprete. Eco afirma que “cada vez que un político arroja dudas sobre la legitimidad del Parlamento porque ‘no representa la voz del pueblo’, podemos percibir el olor del ur-fascismo”.

Nos deja asustados Umberto Eco. Vemos todo eso que describe y nos quedamos dudando de si corresponde a los fachos (demócratas, decadentes y tibios) o a los antifachos valerosos. Parece que no basta con llamar fachos a los demás para evitar el contagio.

Hace poco vi en las redes la afirmación exótica de que fachos son los que tienen novias bonitas. Esa sí es una afirmación bien facha, ¿verdad?

MOISÉS WASSERMAN
@mwassermannl

(Lea todas las columnas de Moisés Wasserman en EL TIEMPO, aquí)

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