Toca pedirle una ayudita a Sócrates

Toca pedirle una ayudita a Sócrates

¿Quién debe resolver el dilema? Tanto el ganador como el perdedor tienen la responsabilidad.

03 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

Mucha gente se queja de la polarización que vivimos, y con razón. No es malo que haya ideas opuestas y se discutan; por el contrario, es fundamental para el progreso de las sociedades ¡Que la suerte nos libre de ser una sociedad homogénea y unánime! Pero eso es una cosa y otra, la que vemos en las redes y en algunos escritos en la prensa. Un contrapunteo de insultos sin la más mínima disposición a escuchar al otro, y además con crueldad, amargura y odio. No se puede construir así una sociedad funcional, mucho menos una feliz.

Lo que más me molesta en ese bullicio permanente en el que vivimos es la incoherencia (falta de conexión lógica entre las premisas y las conclusiones) y el poco interés por acercarse a la verdad, un desprecio por los hechos y su valoración sesgada, de acuerdo con el campamento en el que se den.

Tal vez podríamos establecer algunas bases mínimas de acuerdo acudiendo a Sócrates por una ayudita. En sus diálogos (escritos principalmente por Platón) logra llegar a conclusiones que, por su lógica, son aceptadas por todos los que discuten. Parte de hechos incontrovertibles y hace preguntas simples que obligan a descartar algunas respuestas, poniendo en evidencia su absurdo. Podríamos intentar algo de ese tipo.

Hecho 1: Iván Duque ganó la presidencia con 10’400.000 votos, que corresponden al 54 por ciento de los votantes.

¿Sería democrático acallar o desconocer la voz de la oposición? No, no sería democrático porque la democracia debe preservar los derechos de las minorías.

¿Sería democrático impedir que ejecute el programa que propuso y por el cual fue elegido? No, no sería democrático porque democracia es, por definición, un gobierno ejercido por la voluntad mayoritaria.

Hecho 2: Gustavo Petro perdió, pero con una votación de más de 8 millones de votos, que corresponden al 42 por ciento de los votantes; además, hay en el Congreso fuerzas independientes que también se declararon en oposición (algunas que lo apoyaron y otras que no).

¿Sería democrático acallar o desconocer la voz de la oposición? No, no sería democrático porque la democracia debe preservar los derechos de las minorías.
¿Son incompatibles las dos respuestas? ¿Estamos ante una encrucijada sin solución? No, esta situación es inherente a la democracia y hay múltiples ejemplos de cómo solucionarla.

¿Quién debe resolver el dilema y cómo? Tanto el ganador como el perdedor tienen la responsabilidad de hacerlo. Duque deberá concretar sus ofertas para escuchar y atender a la oposición; Petro deberá ser propositivo. Los dos deben reconocer el papel del otro dentro de la democracia. El diálogo es indispensable; la actitud de los buenos políticos es la de buscar soluciones. Los malos promueven el conflicto. Hay reglas e instituciones dentro del Estado de derecho que permiten llegar a soluciones legítimas.

Hecho 3: Es mejor que al país le vaya bien que no que le vaya mal (corolario del teorema de Pambelé). A algunas personas no les importaría que a todos nos fuera mal si con eso se destruye el gobierno (síndrome de Sansón: “Muera yo con todos los filisteos”). Por derivación lógica de los hechos 1 y 2, es claro que están lejos de ser mayoría.

¿La destrucción del gobierno de Duque asegura en cuatro años la elección de un gobierno de izquierda? No, no la asegura. Es una posibilidad, pero puede suceder lo contrario. Ya el mismo Petro vivió la desinflada del AD-M19, que luego de elegir la tercera parte de la Constituyente en 1991 desapareció en el 2000.

¿Qué es políticamente más rentable para la oposición: resistencia cerrada para desacreditar al Gobierno o una actitud propositiva que le permita presentarse como opción tranquilizante para el futuro? Esta pregunta no es como las de lógica simple; exige una valoración. Para responder es posible apoyarse en ejemplos de la historia y del vecindario; ojalá primen la responsabilidad, la ética y el respeto por la democracia.

MOISÉS WASSERMAN

Columnistas

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