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¿Por qué crecer?

¿Por qué crecer?

Porque pensar por uno mismo es lo que nos confiere dignidad y autonomía.

23 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

Cuando era joven me enervaba bastante que a cada rato me dijeran que yo no entendía la vida porque era joven. Ahora, en un vuelco cultural, no sé si trágico o tragicómico, me veo enfrentado todo el tiempo al argumento de que no puedo entender lo que pasa porque ya no lo soy. No tenían razón entonces, tampoco la tienen hoy.

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Hace poco leí un libro de la filósofa Susan Neiman titulado Por qué crecer, con el subtítulo de Pensamientos subversivos para una era infantil. La primera afirmación de la autora es que decidir ser un adulto comprometido hoy se ha vuelto un acto subversivo, en una cultura que nos quiere más infantiles, más manipulables. Dice que el ídolo de sus colegas es Peter Pan, el héroe del “país de nunca jamás” donde los niños no maduran, nunca llegan ni quieren llegar a ser adultos responsables.

Susan Neiman es una mujer joven (66 años) que hizo su doctorado en Harvard bajo la dirección de John Rawls, fue fellow en el Instituto de Altos Estudios de Princeton, profesora en las universidades de Yale y de Tel Aviv, y hoy es presidenta del Foro Einstein, con sede en Potsdam. Menciono su currículo porque ella se autodefine “optimista comprometida”. Entonces sus ideas podrían ser descartadas como poco serias por algunos hiperintelectuales. Se siente feliz de que, asumiendo una adultez comprometida y responsable, ya no está obligada a ejercer el criticismo permanente, que para algunos de sus colegas es signo de inteligencia superior.

Añade la filósofa que podemos conscientemente elegir si envejecer de manera decente y feliz, o si hacerlo de forma miserable. Kant (es decididamente kantiana) defendía que los ciudadanos tenemos una obligación moral que él llamaba “fe racional”; no podemos prever el futuro, pero si no creemos que puede ser mejor, mediante la acción, sin duda no mejorará.

¿Qué mejor forma de mantener a la gente en una autoinfligida inmadurez que presentar la imagen de la madurez tan poco atractiva que nadie en su sano juicio aspire a ella?

Ve Neiman tres posibles enfoques con los que se puede mirar el mundo. Uno es el de una nostalgia premoderna, aquella que siente que todo tiempo pasado fue mejor. Otro es la ironía posmoderna que valida la decadencia (hasta se regocija con ella). Esos dos acercamientos, en distinta forma, infantilizan las actitudes de la persona. El tercero, y el que ella considera válido y productivo, es una mirada moderna, basada en gran medida en los principios de la Ilustración. Es una mirada madura, adulta, responsable y con capacidad de autocrítica, y por tanto de transformación y mejora. La madurez es la metáfora de Kant para su propia filosofía. Ella da la sabiduría necesaria, tanto para no aceptar lo que se dice sin pensar como para rechazarlo, también sin pensar.

¿Por qué crecer entonces? Porque es más difícil de lo que se piensa. Porque pensar por uno mismo es mucho menos cómodo que dejar que otros lo hagan en nuestro lugar, pero es lo que nos confiere dignidad y autonomía ¿Qué mejor forma de mantener a la gente en una autoinfligida inmadurez que presentar la imagen de la madurez tan poco atractiva que nadie en su sano juicio aspire a ella? El hecho de describir la vida como un proceso de decaimiento y degradación, en el que se parte de una juventud ideal para caer, muy bajo, en una madurez oprobiosa predispone a los jóvenes para esperar y demandar muy poco de la vida.

No digo que está mal ser joven, por el contrario, está muy bien. Lo que pretendo decir acá, citando a Susan Neiman, es que no es malo madurar. Sobre todo si la maduración implica ganancia en la capacidad para juzgar (en todas las culturas, lo que se esperaba de los viejos era precisamente que fueran jueces) y si, además, implica asumir la responsabilidad de ser parte de cambios positivos, y la de hacerse eco de buenas noticias, retando así la creencia inmadura, cada vez más establecida, de que compartir lo bueno es signo de estupidez.

MOISÉS WASSERMAN
@mwassermannl

(Lea todas las columnas de Moisés Wasserman en EL TIEMPO, aquí)

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