Populismos y utopías

Populismos y utopías

Quien estima la democracia debe oponerse a que pretendan dividirle la sociedad entre buenos y malos.

05 de septiembre 2019 , 07:16 p.m.

Quien piensa que el populismo nos lo inventamos los latinoamericanos está bastante equivocado. Dante ya había puesto a un populista en el primer círculo del infierno. El populismo destruyó los regímenes comunales que Roma había dejado en algunas ciudades de Italia. El caso emblemático fue el del marqués Obizzo II D’Este, que por voluntad del pueblo fue nombrado gobernador y regente perpetuo de Ferrara en 1264. La gente, indignada con todo, decidió nombrar a un noble para que pusiera los asuntos de la ciudad en orden. Fue una democracia que decidió, por mayoría, clausurarse.

Otras democracias medievales sucumbieron al populismo. Fue una corriente que convocaba a la unidad de los descontentos y construyó regímenes sectarios y excluyentes. Planteaba una única definición de ‘buen pueblo’, que obviamente se ajustaba solo a aquellos con los que el futuro gobernante construiría su poder. Quienes no estaban con él eran enemigos e indignos.

Un buen populista hasta el día de hoy es fiel a esa estrategia. Siempre define al pueblo de verdad, en contraste con aquel que no merece ese nombre. Perón decía: “Dividimos el país en dos categorías: una, la de los hombres que trabajan y la otra, la que vive de los hombres que trabajan”. En el brexit, Nigel Farage hizo un llamado al triunfo del “pueblo real”, y Donald Trump escribió en uno de sus tuits que “el otro pueblo no significa nada”.

No hay que creer en quienes prometen que traerán el mundo perfecto; menos si sugieren que ningún precio en vidas o libertades será suficiente para pagar tal maravilla

Los populismos son hermanos gemelos idénticos de las utopías. El historiador y filósofo polaco Leszek Kolakowski decía de la utopía: “... es un deseo desesperado de alcanzar la perfección absoluta; deseo que es un remanente del legado religioso en mentes laicas; para ellas, la historia siempre se describe como catastrófica... hay una discontinuidad entre el mundo como es y como será; es necesario un brinco violento para alejar el pasado y que así pueda comenzar el nuevo tiempo”.

Rousseau (un utopista con el que la gente simpatiza), en su Tercer discurso, afirmaba que está bien saber cómo manejar a la gente como es, pero es mucho mejor lograr que sea como “debe ser”, y para lograr eso es necesaria la más absoluta autoridad. Afirmaba que “el hombre debe ser obligado a ser libre”.

Los utopistas del Renacimiento hablaban del “milenio”, que era una época mesiánica prolongada al final de los días. Esa palabra fue adoptada por las grandes (y tristes) utopías del siglo XX. La Alemania nazi prometía un Reich de mil años para cuando se estableciera la raza pura (y buena). La Unión Soviética prometía una época prolongada, sin contradicciones, cuando llegara el comunismo y el mundo lo dominara la clase obrera (la buena). Todas las utopías se han mostrado dispuestas a emplear el poder que sea necesario para forzar la llegada de la edad dorada, de un ‘hombre nuevo’. Algunas suelen llamar ‘científicas’ sus visiones apocalípticas.

Quien estima la democracia y sabe leer lecciones de historia debe estar alerta a las señales de alarma. Oponerse a que pretendan dividirle la sociedad entre buenos y malos. Desconfiar de quienes llaman a un revolcón destructivo y súbito de toda institucionalidad. No hay que creer en quienes prometen que traerán el mundo perfecto (claro, solo para los buenos que se anoten); menos si sugieren que ningún precio en vidas o libertades será suficiente para pagar tal maravilla (para que la disfruten en otra generación). Hay que ser precavido con quien propone soluciones simples para problemas complejos.

Tomás Moro llamó a su sociedad perfecta Utopía, y quería mandarnos un mensaje con eso. Utopía significa el no lugar, el lugar que no existe. No lo llamó Eutopía, que querría decir el mejor de los lugares. Los humanos deberíamos perseguir eutopías, no utopías.

@mwassermannl

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