Pensar libremente es dudar

Pensar libremente es dudar

Tendríamos que enseñar “el arte” de leer las redes. Los poderes de hace cien años han cambiado.

28 de marzo 2019 , 07:00 p.m.

Hay preocupaciones que acompañan a la humanidad por siglos. La capacidad para pensar libremente es una de ellas. Por estos días se cumplen cien años de una carta abierta que, con el título ‘Declaración de independencia de la mente’, firmaron grandes personalidades. La redactó Romain Rolland, y lo acompañaron Albert Einstein, Herman Hesse, Rabindranath Tagore, Stephan Zweig, Jane Addams, Georges Matisse, Bertrand Russell y otros más de la misma talla. La declaración fue un reclamo a los intelectuales por no haber sido suficientemente críticos ante los eventos que llevaron a la Primera Guerra Mundial. “Nosotros existimos para portar la luz de la mente... nuestro deber es ser el centro de la estabilidad, develar la estrella polar en medio de las tormentosas pasiones de la noche”.

Russell fue de los más decididos promotores de la declaración, y poco después dictó la ‘Conferencia Conway 1922’, que se publicó como un pequeño libro con el título Librepensamiento y propaganda oficial. Comenzó con un homenaje a Conway, quien dedicó su vida a la libertad de pensamiento. Reconoce Russell progresos, pero también señala que acechan nuevos peligros y que en cien años, la situación podría ser peor. Plantea que el pensamiento solo puede ser libre si no hay coacción externa, sea por leyes que impidan pensar diferente (todavía había ley antiblasfemia en Inglaterra), por presión económica o por distorsión intencional de las evidencias.

Quién sabe qué diría Russell de la capacidad para ‘distorsionar evidencias’ que tienen nuestras redes sociales.

Empieza relatando tres experiencias de su vida relacionadas con esa preocupación. Su padre fue un librepensador que murió cuando él tenía 3 años. Nombró dos tutores con la instrucción precisa de que sus hijos no fueran educados en la religión. Las cortes desconocieron ese deseo y ordenaron su educación en la fe cristiana (a pesar de eso, él resultó más agnóstico que su padre). El segundo fue un intento para candidatizarse al Parlamento por el Partido Liberal. Se vio frustrado porque reconoció que no estaría dispuesto a asistir a servicios religiosos para disimular ante el electorado. El tercero fue la negativa de Cambridge de darle tenencia de cátedra para no aumentar el número de no creyentes en el gobierno de la universidad. El hecho se volvió presión económica cuando en 1916 fue destituido por su oposición a la participación inglesa en la Primera Guerra Mundial.

En la conferencia hizo explícito su rechazo a todos los dogmatismos: “En Rusia, los fanáticos tienen una certeza absoluta acerca de proposiciones muy dudosas, mientras que en el resto del mundo, otros fanáticos tienen certeza sobre proposiciones diametralmente opuestas pero igualmente dudosas”.

Recomienda, para promover la capacidad de pensar libremente, que se enseñe a los jóvenes “el arte” de leer el periódico y el de entender la historia, por medio de discusiones abiertas en las cuales se presenten interpretaciones alternativas de los hechos y se analicen sus matices en profundidad. Así se podrá llegar a un pensamiento autónomo, libre de dogmas y presiones.

Quién sabe qué diría Russell de la capacidad para ‘distorsionar evidencias’ que tienen nuestras redes sociales. Hoy, el poder para distorsionar está en otros. Tendríamos que enseñar “el arte” de leer las redes, de escuchar la radio y de ver la televisión. Los poderes de hace cien años han cambiado. Hay personas que llegan con sus mensajes a millones, que no se definen como lectores neutros sino como ‘seguidores’. Los grupos ejercen una fuerte presión social contra las ideas heterodoxas de quienes se les oponen, pero son aún más duros y destructores con aquellos miembros de su propio campamento que muestren alguna desviación doctrinaria. Pensar libremente hoy no es más fácil de lo que era cuando Russell dictó su conferencia, hace cien años.

@mwassermannl

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