Orwell, el profeta

Orwell, el profeta

Un escrito suyo, impresionante por su agudeza, es el ensayo ‘Notas sobre el nacionalismo’.

26 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

George Orwell fue uno de los autores del siglo XX más influyentes de la lengua inglesa. En una vida corta produjo obras contundentes contra los autoritarismos nazi y soviético. Pero, más allá, con una extraordinaria inteligencia crítica, nos dejó advertencias sobre lo que puede pasar con cualquier poder desmedido. Luchó en Birmania contra el imperialismo inglés, fue voluntario en la guerra civil española y recibió una medalla de honor durante la Segunda Guerra Mundial.

Uno de sus libros más leídos fue la Rebelión en la granja, una dura crítica al régimen estalinista. De ese libro quedó el dicho popular de que todos los animales son iguales, pero hay unos más iguales que otros. Otro, tal vez el más importante, fue 1984, que describe en forma aterradora y caricaturesca las características del autoritarismo. De ese libro quedó en la cultura la figura de “el gran hermano” que nos vigila y la “neolengua” que elimina los significados indeseables de algunas palabras y crea otras para modular los comportamientos de la gente. Ejemplos de estos ‘neotérminos’ son el ‘caracrimen’, la cara que pone alguien con pensamientos que contradicen al partido; el ‘paracrimen’, la competencia para detener instintivamente cualquier pensamiento no ortodoxo, y el ‘doblepensar’, la capacidad de tener dos ideas contradictorias, pero actuando siempre de acuerdo con la doctrina.

Un escrito menos conocido, impresionante por su agudeza, es un ensayo de apenas doce páginas: Notas sobre el nacionalismo. Empieza reconociendo que la palabra ‘nacionalismo’ no es la adecuada, pero que la usa a falta de una mejor. Se refiere al “hábito de identificarse con una nación u otra agrupación humana, poniéndola por encima del bien y del mal, y desconociendo cualquier deber diferente al de hacer avanzar sus intereses”. Hoy, seguramente hubiera escogido el término ‘fundamentalismo’.

El fundamentalista nunca escribe o piensa en nada que no se dirija a demostrar la superioridad de su propia posición sobre la de sus oponentes

Describe a la víctima de este hábito así: “Adelanta su caso, con supresión deliberada del punto de vista de sus oponentes... no miente por un fin político, sino que cambia sus sentimientos para poder hacerlo”. En esa situación es inevitable que las fantasías reemplacen los hechos, y las falacias derroten los argumentos. Continúa con: “Le resulta difícil descubrir lo que sucede realmente, le es más fácil colgarse de creencias lunáticas”. Un personaje suyo en 1984 lo resume diciendo: “Lo que el partido mantiene como verdad es verdad”.

Piensa que este pensamiento fundamentalista (voy a asignarle ese término a su definición) tiene tres características. En primer lugar, es obsesivo. El fundamentalista nunca escribe o piensa en nada que no se dirija a demostrar la superioridad de su propia posición sobre la de sus oponentes. En segundo lugar, es inestable. El objeto de su devoción puede cambiar con las circunstancias de la coyuntura política, intercambia fácilmente odios y amores, lo único que permanece constante es su fervor inexorable. Por último, es indiferente a la realidad. Es capaz de la mayor deshonestidad intelectual porque siente que le sirve a algo superior a él mismo.

Termina su ensayo con recomendaciones para no caer en el fundamentalismo. Reconoce no estar seguro de que sea posible; solo lo sería a través de un verdadero “combate moral”. Tal vez uno no pueda librarse de pensamientos que lo hacen creer que pertenece a una nación, una religión o un grupo político superior, pero debe ejercer todo su control racional para que esos sesgos no contaminen todos sus procesos mentales. Aceptar la realidad es un verdadero esfuerzo moral. Lamenta que la intelectualidad de su época estuviera tan poco preparada para hacer ese esfuerzo.

No sé si a algún lector ‘le suena, le suena’ (como decía alguien por acá, no hace mucho tiempo).

@mwassermannl

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