‘¡No me vengan con más hechos!’

‘¡No me vengan con más hechos!’

Para la política, el sesgo de confirmación pareciera ser un instrumento fundamental.

21 de marzo 2019 , 07:49 p.m.

Durante el doctorado tuve un compañero un poco pedante. Tan pronto presentó su tesis cerró la puerta del laboratorio y puso un letrero que decía ‘Toque la puerta, por favor’. Entonces, cada vez que pasábamos junto a su puerta tocábamos, porque un favor no se le niega a un amigo. Pero lo recuerdo con cariño porque me dio una gran lección de vida. Sobre su escritorio colgó un aviso que decía ‘No me vengan con más hechos, yo ya decidí’. Fue la primera vez que vi lo que más tarde encontraría en la literatura como sesgo de confirmación.

En 1942, el psicólogo americano Abraham Luchins propuso la existencia del “efecto Einstellung” (se podría traducir como instalación), según el cual el cerebro humano tiene la tendencia a adherirse a soluciones que le resultan familiares y a ignorar otras alternativas. Más atrás encuentra uno en el Novum Organum, que Francis Bacon escribió en 1620, una afirmación visionaria: “El entendimiento humano una vez que se ha formado una opinión empuja todas las evidencias para que la apoyen y estén de acuerdo con ella, y aunque haya contrarias en gran número y peso, serán ignoradas o suprimidas”.

El número de ejemplos curiosos es inmenso. Paul Broca (el anatomista francés) analizó estudios que mostraban que el peso promedio del cerebro de los alemanes era mayor que el de los franceses. En aquella época se creía que la inteligencia estaba relacionada con el tamaño del cerebro, así que rápidamente los objetó argumentando que el cerebro debe estar relacionado con el tamaño del cuerpo (que era mayor en los alemanes). Sin embargo, no objetó estudios similares sobre el peso del cerebro de las mujeres y el de los hombres. Él no podía pensar que los alemanes fueran más inteligentes que los franceses, pero no tenía inconveniente en que se afirmara una supuesta mayor inteligencia de los hombres.

Hoy vemos ese sesgo en muchas discusiones de la ciencia, la cultura y la política. Hace unos años, un irresponsable escribió un artículo fraudulento que asociaba el autismo con la vacunación contra el sarampión. Se demostró con creces que había sido una falsificación tramposa, pero la gente que aceptó el cuento, difundido como noticia de impacto, se niega tercamente a reconocer que no es cierto. El hecho ha causado epidemias.

La afirmación mágica de que los cultivos transgénicos son dañinos para la salud y el ambiente ha sido revocada mil veces. Pero muchas personas (incluso algunos formadores de opinión) desechan las evidencias, y cuando ya las ven abrumadoras, se trasladan a un campo en el que los hechos no son tan importantes y empiezan a hablar de la santidad de la naturaleza.

Pero si la ciencia a veces es víctima de ese sesgo, para la política pareciera ser un instrumento fundamental, que es compartido por la derecha y la izquierda. Si se critica una política de gobierno con el argumento inicial de que no sirve para nada, y los indicadores llegan a mostrar que sí sirve, la discusión se traslada inmediatamente al campo de las opiniones, que aparentemente están exentas de cualquier exigencia de verificación.

Recientemente me atreví a afirmar que el fiscal Bermeo era un corrupto. Para mi estupor, personas que hace poco habían sido emocionadas partidarias del referendo contra la corrupción salieron a matizar el hecho: que fue una provocación, que una cortina de humo, que uno no puede saber qué hay detrás. Todo puede ser cierto, pero el hecho crudo del fajo bajo la mesa lo vimos todos. Eso no importa para quien ya decidió dónde están los malos, y sabe con certeza que cualquier perversión viene de allá y solo de allá. Es decir, “no me vengan con más hechos, yo ya decidí”. Luego nos preguntamos de dónde la polarización; pues de las absolutas certezas.

@mwassermannl

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